Parece un coche normal, de líneas marcadamente futuristas pero no muy distinto a los que habitualmente se ven en las carreteras. Aunque en realidad es diferente. Aúna los tres elementos que definen el vehículo del futuro: eléctrico, conectado y autónomo. Y aunque es un prototipo y sólo se utiliza para pruebas, Renault lo ha construido con el aspecto que tendría si se vendiera de manera masiva, perfectamente acabado y sin nada que haga pensar que se trata de un artefacto experimental que esconde 36 sensores que le per­miten autoconducirse. Se llama Symbioz, se presentó el pasado septiembre en el salón de Frankfurt, circula en tráfico abierto desde noviembre en Francia y está a punto de finalizar estos tests en el marco de un proyecto en el que colaboran como socios principales la marca del rombo y la concesionaria de autopistas Sanef, filial de Abertis.





En poco más de medio año de ensayos, el Symbioz ha completado con éxito los objetivos que se fijaron en junio del 2016, cuando se puso en marcha el proyecto, centrado en la comunicación del coche con el resto de vehículos y con la vía para hacer viable la conducción autónoma de nivel 4. En este estadio el vehículo circula en entornos en los que dispone de toda la información necesaria para prescindir de conductor. Esta experiencia, una de las más avanzadas que se llevan a cabo en Europa, es un ejemplo de la apuesta que la industria del automóvil está haciendo por la automatización con la participación de todo tipo de socios, desde proveedores tecnológicos hasta gestores de infraestructuras y las administraciones. El Gobierno francés quiere destacar en este campo y acaba de adaptar su legislación para facilitar las pruebas.

En el Symbioz, el conductor deja de serlo y vive incluso una experiencia de realidad virtual

La Vanguardia probó el Symbioz el pasado martes en un tramo de 18 kilómetros de la autopista A-13, cerca de la localidad normanda de Gaillon, unos 90 kilómetros al noroeste de París. Junto al conductor, que deja de serlo en este trayecto, hay un técnico con una consola portátil, que puede tomar el control en caso de necesidad. Las normas así lo establecen. El trayecto desde la base de operaciones de Sanef en esa zona hasta la autopista se hace en modo manual. El test se lleva a cabo en esta vía porque tiene la infraestructura preparada. “Enviamos información constante sobre el estado del tráfico, los tramos en obras, los accidentes, las condiciones meteorológicas y la situación de la barrera de peaje para que el coche pueda adaptarse en tiempo real”, explica Guy Fremont, jefe del departamento de prospectiva y proyectos transversales de la concesionaria. Para ello, se han colocado cuatro torres con tecnología 5G.





La prueba se realiza con lluvia y tráfico moderado. Nada más entrar en la A-13, el conductor activa la conducción autónoma y suelta las manos del volante. El coche ­toma el control y se desenvuelve con agilidad a una velocidad variable de entre 90 y 130 km/h, mantiene las distancias de seguridad, adelanta, reduce, señaliza… Como una seda. “La idea es que cuando estamos a bordo sigamos haciendo lo que hacemos fuera del vehículo habitualmente y olvidemos la conducción, podamos leer, escuchar música, ver una ­película, conversar o descansar, como si el coche fuese una prolongación de nuestra casa o nuestra oficina”, explica Mathieu Lips, ­director del proyecto Symbioz Democar de Renault. Para desconectar completamente, el pasajero que va en la posición del piloto deja los mandos, toma un móvil y desde una aplicación reclina el asiento para estar más cómodo y lanza un vídeo a la pantalla que ocupa el centro del salpicadero.

El proyecto Symbioz Democar está encabezado por Renault y Sanef, filial de Abertis

El coche que se prueba es un modelo “único en el mundo”, asegura Lips, que reúne “la ingeniería propia de un prototipo que se va a probar en conducción au­tónoma con todos los mecanismos necesarios y un diseño ex­terior e interior del automóvil del futuro”. Una simbiosis, como indica su nombre, que pretende “experimentar hoy cómo será el coche del mañana”. Para ello, Renault cuenta con un gran número de partners. Además de Sanef, participan LG (pantallas y paneles multimedia), Devialet (sonido), Ubisoft (realidad aumentada), IAV (integración de los sistema de conducción autónoma) y TomTom (geoposicionamiento y guiado de rutas).





La unidad de Symbioz en pruebas se aproxima a la barrera de peaje y se sitúa en un carril virtual (el real, pintado sobre la calzada, desaparece) que le conducirá a una de las dos vías en las que se ­paga sin detenerse, a un máximo de 30 km/h. El coche reduce y el volante ajusta la trayectoria con un ajuste casi perfecto de 20 centímetros de error máximo, efectúa el telepago, acelera y, de nuevo supera los 100 km/h por el carril izquierdo de la autopista.

En la parte final del viaje, el conductor, que ya lleva un rato sin serlo, se coloca unas gafas de realidad virtual para abstraerse to­davía más de su papel “pasivo” frente al volante y ver cómo sería el mismo trayecto en un entorno distinto, en otro mundo… para acabar volando libre como un ­pájaro. Un simpático broche final para una experiencia que pretende anticipar el futuro.

La cuestión clave para que la conducción autónoma sea una realidad cotidiana es la convivencia de este coche con otros elementos que se comportan de manera impredecible. En la autopista, que es un recinto muy acotado, son, básicamente, los vehículos conducidos por humanos. “El nuestro cumple todas las normas de circulación pero los otros no siempre lo hacen”, explica el director del proyecto Symbioz. Esto es así en vías en las que estos factores están menos presentes que en entornos más complejos, como las ciudades, en los que el tráfico es más denso y diverso e intervienen otros actores que no pueden automatizarse, como los peatones.






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