En su casa, en Parque Patricios, Nancy y el anillo que la llevó hasta su mamá (Martín Rosenzveig)

Cuando su mamá le reveló el secreto, tenía 86 años y oleajes de demencia senil. Le faltaban dos meses para morir y se lo contó como si le estuviera contando un cuento: “Había una vez una pareja que quería tener un bebé y no podía. Un día, la mamá de la mujer estaba haciendo la cola de la jubilación y se encontró con una enfermera conocida. La enfermera trabajaba en una maternidad y le dijo que justo había una chica internada, muy jovencita y muy calladita, a punto de tener un bebé. Y que lo quería dar”. Nancy, que acababa de llevarle el desayuno a la cama, la interrumpió: “Mamá, esperá: ¿vos estás hablando de mí? ¿ese bebé era yo?”.

“Siempre sospeché que había algo raro. Me querían muchísimo pero yo sentía que no pertenecía a la familia”, cuenta Nancy Bloise (50) a Infobae mientras mira fotos en blanco y negro en su casa, en Parque Patricios. “Mi mamá tenía la costumbre de contar con detalles los nacimientos de mis primos cuando venían visitas: ‘Mi cuñada tuvo contracciones a tal hora y yo salí corriendo y le llevé la ropita’. Contaba todos los nacimientos menos el mío. Cuando yo se lo reclamaba me contestaba: ‘¿Qué voy a contar? Naciste acá en casa, fue todo muy normal”.

En esta foto la reconoció una de sus hermanas: de bebés habían sido iguales (Martín Rosenzveig)

Había otros datos que a Nancy no le cerraban: su mamá la había parido a los 46 años pero sus compañeras de colegio tenían padres dos décadas más jóvenes. Sus compañeras, además, tenían primos con los que se querían “como hermanos”, ella no. Cuando Nancy le preguntó a su mamá por qué sus primos no la querían así, la respuesta le llegó como un disparo: ‘¿qué sabés vos cómo se quieren los hermanos si sos hija única?”. 

Las sospechas, sin embargo, sonaban a fantasías adolescentes: la partida de nacimiento era original, tenía los sellos del Registro Civil y firmas de testigos. “Igual yo siempre estaba angustiada. Me despertaba de madrugada, subía a la terraza y lloraba hasta que me ahogaba”, cuenta ella, que es docente de primaria en una escuela de Pompeya.

Nancy ya tenía 40 años, tres hijas y acababa de separarse cuando su mamá, postrada por una fractura de cadera, rompió el pacto de silencio que había acordado con su marido. “Me dijo: ‘bueno, te voy a contar algo’. Y ahí me empezó a contar la historia como si fuera la novela de las tres de la tarde”. El hombre al que no quería traicionar -el padre de Nancy- había muerto de cáncer 27 años antes.

“Me dijo que mi abuelita se enteró haciendo la cola de la jubilación que había una chica en la maternidad Sardá por dar a luz. El patrón de la casa en la que limpiaba su mamá la había dejado embarazada. Que ella había ido a verla una sola vez y le había dado mucha pena, y que como la chica se llamaba Beatriz, cuando me entregaron decidió llamarme Nancy Beatriz”.

Nancy no le creyó, pensó que estaba inventando un guión con ayuda de la demencia. La mujer, sin embargo, acababa de darle la primera pista para encontrar a su madre biológica.

El rompecabezas de su infancia (Martín Rosenzveig)

Recién ahí entendió que su partida de nacimiento estaba falsificada, que los testigos habían sido su papá, un amigo de la familia y el pintor de la casa de su abuela. Una red de tráfico de bebés en la que participaron parteras, enfermeras, médicos y personal del Registro Civil, como mínimo.

“No sabía a dónde ir, porque el banco de ADN de Argentina es sólo para quienes nacieron entre el 76 y el 83 y pueden ser hijos de desaparecidos. Yo había nacido en 1967″, sigue. Nancy fue entonces al programa de televisión Los unos y los otros, que conducía Andrea Politti. Frente a cámara estiró el dedo anular de su mano izquierda y mostró un anillo que tenía puesto desde hacía más de 30 años: lo había sacado de un alhajero y, aunque su mamá le había dicho que se lo habían regalado, Nancy sentía que podía haber pertenecido a su mamá biológica. 

Una mujer la vio por televisión, la contactó desde San Luis y le dijo, desbordada de emoción, que era su mamá. Estaba segura, las fechas coincidían y Nancy se parecía a sus otras hijas. La mujer vino a Buenos Aires a conocerla, Nancy se lo anunció a sus amigos, a su familia, celebraron. El ADN, unos meses después, dio negativo. Nancy volvió a sumergirse en la depresión pero reparó en un dato: la mujer no sabía nada de ningún anillo.

Meses después, otra mujer que la había visto en el mismo programa, le dijo que podía ser su madre. El ADN, otra vez, dio negativo. Ya sin saber qué hacer, Nancy empezó a contar de su búsqueda en distintos grupos de Facebook. La llave del encuentro estaba cerca pero aún no la había visto.

“Hacía años que yo tenía el contacto de Mercedes Yañez, una abogada que estaba a cargo de la oficina de Derechos Humanos del Registro Civil de la calle Uruguay. Me habían dicho que ella ayudaba en las búsquedas ad honorem pero nunca fui porque estaba segura de que los datos eran falsos”. Nancy estaba tomando un café con una mujer que conocía a Mercedes. La mujer la escuchó y la arrinconó: “Vamos ya, se está por jubilar”.

Cuando les abrió la puerta, la abogada les contestó: “Le acabo de decir a mi secretaria que no voy a tomar más casos. Ya me jubilo, y tengo tantos que no voy a poder”. La secretaria lo confirmó: “Es verdad, me lo acaba de decir”. Nancy dijo “bueno”, y cuando estaba por irse, la abogada siguió: “Pero por algo entraste hoy acá, sentate, te escucho”.

Nancy sacó su partida de nacimiento. Recién ahí reparó en otro dato que sumó más confusión. ¿Por qué su partida decía que había nacido a las 11.30 si su mamá siempre repetía que había nacido a las 12 y 10? Mercedes le dijo que sólo podía buscar en los registros de nacimientos de la maternidad Sardá. Si su mamá no le había mentido, tal vez podía encontrar algo.

“Supuestamente yo había nacido el 21 de noviembre de 1967. Ella revisó todos los registros de nacimientos de esa semana. Buscaba a una chica menor de edad, madre soltera, que se llamara Beatriz y que hubiera tenido una nena. Al día siguiente me escribió un mensaje: Nancy, venite”. Cuando llegó, puso un certificado de nacimiento en la mesa y le dijo: “Si los milagros existen, esta sos vos”.

Nancy miró el certificado y no terminó de entender. Decía que ese 21 de noviembre, Olga Beatriz Agüero, 16 años, madre soltera, había dado a luz a una nena llamada Claudia Andrea Agüero. La hora de nacimiento la dejó en shock: las 12.10. “La mujer, además, había tenido otra hija a la que también había llamado Claudia. Ahí supe que muchas mamás a las que les roban a sus hijos, cuando vuelven a tener un bebé le ponen el mismo nombre como una forma de recuperarlos”.

Nancy estuvo dos semanas con el teléfono de Olga anotado en un papel. “Hasta que un día le escribí: ‘Buen día, estoy buscando a la señora Olga Beatriz Agüero, ¿éste es el teléfono?’. La mujer contestó “¿quién sos?”.  “¿Cómo le decía quién era? Si ni yo sabía quién era” -dice Nancy-. “Me fui al baño a pensar. Cuando volví mi hija ya le había contestado: ‘Hola, nací tal día y en tal lugar, estoy buscando a mi mamá y quiero saber si sos vos”. Olga respondió: ‘Esto es muy difícil de creer, pasó mucho tiempo”. Habían pasado, efectivamente, 50 años.

A la derecha, Nancy. A la izquierda su mamá, cuando tenían la misma edad

Hablaron hasta la madrugada -la mujer vive en Tierra del Fuego- y fue ahí que le contó su versión de la historia. No la había entregado: le habían sacado a su hija de los brazos. “Me contó que apenas le dieron el alta, fue a una confitería con su mamá y la beba en brazos. Que se sentaron y apareció una señora y que su mamá le sacó a la nena de los brazos y se la entregó. Que ella empezó a gritar y a insultarlas, y que su mamá sólo le le dijo: ‘Sos muy chica para criar un bebé”. La mujer que se había llevado a la beba era, al parecer, “la abuelita” de Nancy, la de la cola de la jubilación.

Con ayuda de Claudia, la hija a la que Olga le había puesto el mismo nombre, compartieron fotos: se veían iguales. Pero no fue eso lo que terminó de indicarles que no iban a necesitar un ADN. “Un día le pregunté, ¿vos por casualidad me dejaste algún objeto ese día? Primero me dijo que no, que tenía todos los recuerdos bloqueados. Después me volvió a llamar”.

-Un anillo. Un anillo de oro con dos pelotitas-, le dijo.

Nancy y el anillo de oro con las dos pelotitas que lleva puesto hace 3o años (Martín Rosenzveig)

“Vos eras chiquitita, para mí eras mi muñeca. Yo me sacaba el anillo y jugaba a ponértelo en los deditos. Después de ese día nunca más lo vi”. Nancy lo toquetea mientras cuenta la historia. Es chiquito, no le entra a ninguna de sus tres hijas. Solo le entra a ella y en un solo dedo.

El 21 de noviembre de 2017, cuando Nancy festejó sus 50 años, pidió silencio para hacer un brindis. Aún no se había hecho el ADN pero dijo: “Para mis 50 había pedido un deseo: encontrar a mi familia. Quiero contarles que la encontré: no sólo tengo una mamá sino que tengo 4 hermanos, nunca más voy a ser hija única”.

Olga, su mamá biológica, y Nancy, durante el reencuentro, hace dos meses.

Olga viajó a Buenos Aires en febrero para conocerla. “Ella me abrazó y me dijo ‘sí, sos mi hija’. Olga recordaba con claridad que su beba -hija de un viajante alemán- tenía la cara redonda y ojos grandes y azules. Seguía en Buenos Aires ese lunes, feriado de carnaval, en que llegó el resultado del ADN a confirmar lo que ya sabían: efectivamente, era su mamá. 

Nancy pasó un tiempo enojada con su mamá “de crianza”, como la llama. “Ahora no, lo que hizo estuvo mal pero al final me dijo la verdad para que pudiera encontrarla. Hay gente que no lo hace, se lleva el secreto a la tumba”, dice Nancy. Después se distrae: hay un grupo de whatsapp que no para de sonar. Nancy escribe, ‘¿te sentís mejor hoy?’, ‘¿cómo te fue?’, ‘Ya falta poco para vernos y estar todas juntas”. El grupo se formó hace dos meses. Se llama “Hermanas por siempre”.

 

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Fuente: Pasó 50 años sin saber quién era su mamá: un misterioso anillo de oro fue la pista clave para descubrir la verdad