Las diferentes interpretaciones sobre las razones que deterioraron la confianza de los inversores para continuar financiando el déficit fiscal deberían incluir algún párrafo sobre la evolución de la balanza comercial y en especial sobre las exportaciones. La Argentina tuvo el año pasado un déficit récord de 8471 millones como resultado de 58.428 millones de exportaciones y 66.899 millones de importaciones equivalente al 1,33% del PBI. Las exportaciones crecieron 1% y las importaciones, 19,6% respecto al año anterior. El déficit total de la cuenta corriente fue de 30.792 millones, que también se agrega a las necesidades de financiamiento.

La evolución del sector externo del país contrasta con los resultados obtenidos por Brasil en el mismo período. Este país obtuvo un superávit de 67 mil millones superior en un 40% al saldo de 2016 como resultado de 217.746 millones de exportaciones y 150.745 millones de importaciones. Las exportaciones crecieron 18,5% y las importaciones, 10,5%. El superávit representó el mejor resultado de su serie histórica. El déficit de la cuenta corriente fue de 9762 millones, equivalente al 0,48% del PBI y las reservas del Banco Central ascienden a 380 mil millones.

La economía brasileña, con un PBI de 1796 miles de millones, representa 3,2 veces el PBI de la Argentina. Mientras las exportaciones son 3,7 veces superiores, las importaciones corresponden a 2,2 como consecuencia del menor dinamismo de la demanda interna durante el año pasado. La composición de las exportaciones de Brasil muestra una mayor diversificación y las menores importaciones guardan una correlación positiva con la evolución del PBI. La relación entre las reservas de Brasil y la Argentina es de 6,2 veces.

La evolución de las exportaciones constituye uno de los principales instrumentos para lograr un crecimiento sostenido. Los países tienen escasas herramientas para obtener recursos genuinos que les permitan expandir su base productiva y lograr un aumento de la inversión para sostener la demanda. El ejemplo de la región asiática en las últimas décadas confirma la importancia del comercio exterior en la estrategia de desarrollo y la centralidad en el aumento de las exportaciones. Las inversiones externas que constituyen la otra fuente de recursos estuvieron dirigidas al aprovechamiento de las condiciones de cada país, incluyendo la mano de obra, para consolidar un perfil exportador y obtener financiamiento genuino. La crisis de 1997 en esa región fijó los límites para impulsar la demanda a través del ingreso de capitales financieros al ofrecerles una tasa superior a la vigente en los mercados internacionales y un seguro de cambio. La convertibilidad fue una copia más sofisticada pero copia al fin de esas políticas. Brasil parecería encarar un camino similar con las reformas efectuadas por un presidente casual sin aspiraciones a la relección como fuera Eduardo Duhalde en el 2002.

La promoción de las exportaciones nunca pareció constituir una prioridad en la política oficial, quizás por la necesidad de atender en forma simultánea objetivos contradictorios y por las limitaciones impuestas por la política interna. El ingreso de capitales financieros atraídos por una relación positiva entre la tasa de interés y el ajuste cambiario diseñado para reducir la inflación no coadyuvó a mejorar la competitividad de las exportaciones. La eliminación de las retenciones y la simplificación de procedimientos fueron un aliciente importante, aunque no suficiente, para mejorar las expectativas del sector exportador. Brasil, a pesar de sus problemas, ha logrado resultados que se traducirán a corto plazo en una recuperación más sólida y una mejor inserción en la economía internacional.

Si el déficit fiscal constituye un problema, el déficit de cuenta corriente representa el indicador de las limitaciones de la economía argentina para generar con su trabajo recursos genuinos para sostener el crecimiento. La política de impulsar el consumo doméstico para crecer mostró sus limitaciones, porque provocó el agotamiento de las reservas y la imposición de controles (2009-2015) que conducían a una inevitable crisis de balanza de pagos. En esta nueva situación valdría la pena revisar algunos principios y corregir el eslogan: “El déficit comercial no me preocupa”, para pasar a la revalorización de las exportaciones no solo como una herramienta, sino como una estrategia de desarrollo y que al mismo tiempo disminuya la dependencia del financiamiento externo.

El autor es diplomático.

Fuente: Las exportaciones: estrategia de desarrollo