“Las parejas de literatos son una peste”, escribió la italiana Elsa Morante a su amiga María Valli en 1947, cuando hacía ya siete años que convivía con el novelista Alberto Moravia y su éxito. Aunque la premiada autora de Mentira y sortilegio no hacía referencia a su marido en esa carta, para sus conocidos estaba claro que la relación entre ambos era por lo menos “complicada”, algo que terminó de confirmarse cuando ella lo culpó de plagio en una nueva carta un año después.

Hay, desde luego, historias más felices, aunque el cliché siempre atenta contra ellas, para bien o para mal. Uno de los mitos artísticos más cristalizados es, de hecho, que vivir en pareja con un escritor o una escritora es el infierno, a menos que ambos se dediquen a lo mismo. En tal caso, el cliché dirá que se trata de una clase de infierno diferente. Porque la competencia es inevitable, porque si uno triunfa el otro se resiente, porque si hay hijos no será él quien deje el manuscrito para cambiar pañales, etc.

En la realidad, las cosas tienden a defraudar el estereotipo. Es cierto que la idea romántica de la relación tormentosa sigue impregnando ciertas concepciones sobre la productividad literaria –basta pensar en la atropellada relación entre el poeta Percy B. Shelley y su esposa Mary, autora de Frankenstein, o en el vampirismo entre el joven Arthur Rimbaud y el maduro Paul Verlaine o en el vínculo entre Paul y Jane Bowles, exiliados voluntarios en Tánger–, pero también es cierto que hay duplas que han logrado aceitar la máquina creativa hasta convertirla en una función más de la vida conyugal, como llevar a los chicos al colegio o pagar las cuentas. Ese parece ser el caso de Paul Auster y Siri Hustvedt, quienes se han editado mutuamente y en armonía durante los últimos treinta años.

En las antípodas de tanto sosiego hay otros dos que, más que leerse, se canibalizaban: los poetas Sylvia Plath y Ted Hughes tuvieron una relación mayormente desgraciada, y hay quien dice que los monumentales poemas póstumos de Plath, reunidos en el libro Ariel, nunca habrían sido escritos si Hughes no hubiese sido el lacerante serial que era. Extraña reflexión, sobre todo porque muchos lo responsabilizan por el agravamiento de la depresión que llevó a su mujer al suicidio en 1963.

Hay parejas que no solo intercambiaron ideas, sino que formaron una idea en sí misma. Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre se desviaron radicalmente de las convenciones de la época –que siguen siendo en buena medida las de hoy– y mantuvieron una relación abierta y productiva durante décadas. Pero las cargas de ese rupturismo las manejaría, aprovecharía y padecería Simone, no Sartre, quien tenía una mente brillante y revolucionaria, pero también privilegios naturales y caminos desmalezados por su condición masculina. Cuando De Beauvoir escribió que Sartre era “un éxito indudable” en su vida, admitía que si la pareja se había convertido en hecho político, era por completo gracias a ella.

Ricardo Piglia y Josefina Ludmer. Profesores y ensayistas.

Ricardo Piglia y Josefina Ludmer. Profesores y ensayistas.

Argentina ha sido prolífica en “parejas de literatos”. Entre las más emblemáticas brillan los poetas Norah Langue y Oliverio Girondo, los narradores Sara Gallardo y Héctor P. Murena. Tal vez la más quintaesencial haya sido la de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo: los chismes sobre ellos se imponían sobre la experiencia literaria. Que el matrimonio haya escrito un libro a cuatro manos (Los que aman, odian), o que Bioy se interesara poco por los extraordinarios cuentos de su mujer despertó menos comentarios que los rumores del amor tórrido entre Silvina y su suegra (antes de casarse), que las cartas que le enviaba a ella Alejandra Pizarnik y las amantes del autor de La invención de Morel.

En el tercer volumen de Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia refiere a varias discusiones literarias con “Iris” –la crítica y escritora Josefina Ludmer, su pareja de entonces. Una especialmente memorable ocurre durante la redacción de Respiración artificial, y poco tiene que ver con consideraciones intelectuales: “Discusión de anoche con Iris, que leyó lo que tengo escrito en la parte central del capítulo, con la mujer que escribe bellamente pero es muy fea, como si fuera una referencia personal. Marconi sí está lejanamente inspirado en Osvaldo Lamborghini.” Fernanda García Lao, quien está por publicar un segundo libro a cuatro manos con su pareja Guillermo Saccomano (Los que vienen de la noche), explica que “el otro funciona de guardaespaldas, no de censor. Es quien te señala el pozo antes de la caída, el que lo intuye”. Al momento de escribir juntos, dice, se transforman en “un único sistema de pensamiento. El texto manda”.

Con menos simbiosis pero con intensidad similar, Abelardo Castillo contó en sus Diarios no solo cómo su esposa, Sylvia Iparraguirre, lo ayudaba a terminar lo empezado, sino cómo él la alentaba: “Estoy decidido a que Sylvia escriba”, anotó en 1976. “Yo sé que tiene talento: no debe dejar pasar el tiempo. Dentro de dos o tres años será tarde.” Las parejas están llenas de pequeños sobreentendidos y seguramente Castillo había olvidado aquella sentencia cuando, doce años después, escribió orgulloso: “La semana pasada apareció En el invierno de las ciudades, el libro de Sylvia; quería anotar esto antes que ninguna otra cosa, pero ahora pienso que es lo único que tenía ganas de escribir”.


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