La reivindicación de una mayor virtud política propia es una forma de reclamar poder. De eso se trata cuando Donald Trump arremete sobre el mundo tratando de delincuentes a sus socios europeos, de desobediente a la premier británica por no gerenciar el Brexit como él la había instruido y de ilegales e injustificadas las medidas de replica de China a su guerra comercial. Quienes se conforman en suponer que esto que sucede es un accidente de la historia y consecuencia de la arrogancia de un presidente fallido, deberían observar que hay una idea polémica detrás de ese comportamiento. Es la noción de que los otros países deben ceder a lo que Washington considera que son intereses universales.

Donadl Trump y la reina. La foto para el album del presidente. AFP

Donadl Trump y la reina. La foto para el album del presidente. AFP

La irritación de Trump contra la Unión Europea, la OTAN u otros organismos como la ONU o la OMC, se sostiene en aquellas ideas que abrogan cualquier disidencia con esa visiones. No es algo nuevo. Condoleezza Rice, la ex canciller del republicano George W. Bush, planteó ya en 2003 los brotes de lo que vemos hoy. Esta mujer, en absoluto improvisada, en un mensaje en Londres desacreditó a la ONU como una encarnación defectuosa de la autoridad internacional. Y proclamó el rechazo a las ideas de multipolaridad y de equilibrio del poder en las relaciones internacionales.

Aludía “a los razonamientos a favor de un sistema internacional en el cual un cierto número de Estados como la Unión Europea actuara autónomamente y ejerciera como contrapeso del poder de EE.UU”, recuerda el escritor William Pfaff en un imperdible ensayo sobre el mito del “Destino Manifiesto” norteamericano. Rice señalaba que “la multipolaridad es una teoría de rivalidad… de intereses encontrados y, en su peor versión, de valores enfrentados”, agrega. Esto, claro, fue dicho poco después del derrumbe del campo comunista y con un EE.UU. convencido de que había llegado “el fin de la historia” y que su hegemonía sería indiscutible.

La ex canciller Condoleeza Rice. Visiones imperiales

La ex canciller Condoleeza Rice. Visiones imperiales

El destino manifiesto al que aludió Pfaff, es un concepto centenario que supone que EE.UU. tiene el deber y la responsabilidad de enseñar “a las naciones del mundo la forma de caminar por los senderos de la libertad”, según la versión romántica de Woodrow Wilson. O constituirse en el “gendarme mundial… frente a los países descarriados”, según anotó en sus corolarios a la doctrina Monroe a comienzos del siglo pasado, el más frontal Theodore Roosevelt. Atento a este detalle, podemos ya intuir qué lecturas entretienen al actual presidente norteamericano. El problema es que estos son pensamientos de otras épocas que regresan debido a los vacíos que produce una realidad mundial descalabrada y un liderazgo global mayoritariamente opaco e ineficiente.

A favor de esas debilidades Trump amenazó con retirarse de la OTAN si es que sus aliados europeos no aumentan sus presupuestos de defensa. El reproche es un tema repetido entre los presidentes norteamericanos. Pero la diferencia hoy es que el magnate carece de una visión que tuvieron sus antecesores en el sentido de que la mayor inversión le ha dado a EE.UU. una influencia permanente en el destino europeo. Soldados de esos países están luchando en guerras que son puramente norteamericanas, como las de Afganistán o Irak. Pero, además, el continente es una extendida base estadounidense para acciones militares. Solo en Alemania cuenta con 152 instalaciones para su ejército y su fuerza aérea, resume un informe de la CNN. El mayor hospital militar norteamericano está en ese país. Y ha repartido seis depósitos de armamento nuclear en cinco naciones de la OTAN: Alemania, Bélgica, Italia, Holanda y Turquía.

Boris Johnson. Salida. AFP

Boris Johnson. Salida. AFP

Los tonos de Trump ignoran ese panorama y resume la discusión a un ida y vuelta sencillo. De modo que le resultó legitimo llamar “delincuentes” a sus aliados por supuestamente abusarse de EE.UU. Es la misma impronta que desgranó en una entrevista con el sensacionalista The Sun en la cual humilló a la premier británica por desoír sus instrucciones en dirección a una ruptura total con la Unión Europea. May, obligada a devorar dosis de pragmatismo, acordó con Bruselas un pacto de salida tibio, que es un galimatías en su ejecución, pero que reconoce que no puede ir más lejos por los costos extraordinarios que esta aventura acarreará a la prosperidad del Reino Unido. Después del sayo de desobediente (“le dije cómo negociar y fue en la dirección opuesta”, protestó), la castigó advirtiendo que no habrá acuerdos comerciales con EE.UU. después del divorcio, una opción que luego apenas moderó.

La atrevida intromisión del magnate tuvo la intención de forzar la caída del gobierno e incluso propuso un relevo, su sosias y rival visceral de May, el dimitente canciller Boris Johnson, quien trató “de mierda” (sic) el pacto negociado con Bruselas. Trump demuestra que tiene claro el planteo de Rice. En su última cita con el francés Emmanuel Macron, uno de los líderes mas europeistas del continente, le propuso que rompa con Bruselas y siga el camino que imaginaba para Gran Bretaña.

El litigio comercial con China también suma los fulgores del Destino Manifiesto. El representante comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer, respaldó la decisión de Trump de aumentar hasta US$ 200 mil millones los productos chinos a ser arancelados en una carrera que cubrirá toda la importación norteamericana desde el gigante asiático que suma US$ 520 mil millones anuales. Aún así, el funcionario consideró ilegal e injustificado que Beijing replique estas penalidades. China, que rehuye el conflicto, había ofrecido un plan para aumentar las compras a EE.UU. y reducir los déficit. Washington lo rechazó. Sucede que el eje de este enfrentamiento no está donde se dice sino en la llamada Agenda 2025 de desarrollo tecnológico, una pieza central en la estrategia de crecimiento de la potencia asiática. Con el pretexto del robo de patentes, cuestión por cierto vidriosa, EE.UU. reclama que Beijing detenga de modo verificable el programa que, según los expertos, ubicará al Imperio del Centro como el líder en ese crucial terreno en un puñado de años.

El primer ministro chino chino y Li Keqiang. Una cita clave en Berlin. EFE

El primer ministro chino chino y Li Keqiang. Una cita clave en Berlin. EFE

El tema es que ya no estamos en las épocas de Wilson y menos en las del primer Roosevelt. La gira de Trump y sus ofensivas pueden haber generado un impacto geopolítico inverso al buscado. En Berlin, la jefa de Gobierno Angela Merkel se reunió con el premier chino Li Keqiang, un economista de mentalidad aperturista y cosmopolita. Beijing ha buscado que Europa se una al gigante asiático contra el proteccionismo norteamericano. Para ello tenía que ceder espacio al capital extranjero, una cuestión que estaba pendiente. En esa reunión la compañía química alemana BASF firmó un acuerdo preliminar para una inversión inicial de 10 mil millones de dólares en un segundo complejo en China. Merkel le dio un peso político grave a ese vínculo. “Es claro que la apertura del mercado chino no es solo palabras”, afirmó mirando a Washington. Poco antes un funcionario de Trump le había dicho a The Wall Street Journal que el mandatario esperaba que Europa se uniera con EE.UU. para denunciar las prácticas chinas. Parece que Merkel halló la forma de responderle.
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