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Mi hijo, que ahora está en la mitad del curso de octavo grado, no parece tener el menor atisbo de preocupación por las redes sociales, y hasta hace dos semanas no me di cuenta de la gravedad de este problema.

Con 14 años, mi hijo está conectado a su teléfono, pero no tiene cuenta de Facebook, ni Twitter, ni Snapchat, ni tampoco tiene presencia en los medios sociales para hablar (al menos fuera del mundo de Minecraft, donde, según me dicen, él está como un contratista de construcción naval de cierta reputación). Él tiene una cuenta de Instagram, pero eso es porque se la hicimos el año pasado, como parte de un plan hábil para obligarlo a mantenerse en contacto durante un programa de intercambio en el extranjero. Durante dos semanas le obligamos a subir fotos con castillos, compañeros de clase… pero desde su regreso publicó solo una fotografía.

Para ser justos, él es un joven de 14 años. Todavía no está siendo invadido por los aires de la adolescencia, y preferiría participar en juegos de barrio o una batalla de videojuegos en el salón antes que interactuar a través de internet. Es tímido, pero no tan tímido como para evitar el karaoke, extrovertido pero no tanto como para anhelar la visibilidad. Cuida a su hermano, termina la mayoría de sus tareas escolares, practica karate, va a las fiestas de cumpleaños, se cepilla los dientes dos veces al día, no mira directamente los eclipses… Considero que la mayoría de esos componentes parecen estar en su lugar, y es posible que los tentáculos macroscópicos y pegajosos de las redes sociales simplemente no se hayan apegado a él.

Para mi esposa y para mí, eso está bien. Sin embargo, cuando menciono este misterioso vacío a la gente, su aparente desinterés, tengo una especie de curiosidad y una respuesta del tipo “¿Está bien? ¿Afecta eso a su vida social?”. No soy un experto en las redes sociales ni en las interacciones sociales del adolescente estadounidense moderno, pero sí sé de esto: no lo considero un problema. Y esa sensación es muy, muy difícil de mantener, ya que la gente sigue indicando, insinuando o proclamando en voz alta que es claramente un problema grande y serio.

Ahora, esto no quiere decir que nosotros somos mejores, o que esta situación sirve para maldecir a los padres cuyos hijos se mantienen en multitud de plataformas sociales. Si las redes sociales te funcionan para ti y para tu familia, fantástico.

No tenemos reglas sobre las cuentas de redes sociales porque no las hemos necesitado. Instagram despierta la atención de mi hijo, pero de manera esporádica. Sin embargo, cuando reviso su teléfono, descubro que la aplicación ha estado llamando su atención: “¡Oye, 12 personas han publicado en las últimas horas! ¡Deberías echar un vistazo a estas historias! ¿Estás bien? ¿Todo bien?“. Una máquina, suplicando por su tiempo, por sus ojos en los anuncios. Considera que Facebook y Twitter son pequeñas y curiosas perdidas de tiempo, lo que es, para ser justos.

Mucho se ha escrito sobre cómo la generación actual de niños es la primera en lidiar con el crecimiento en esta matriz, con sus ráfagas de autoestima y métricas para la aprobación cuantitativa. Pero también es la primera generación de padres que navegan a través de su estela, en presenciar los efectos en vivo del acoso cibernético, la primera en vivir indirectamente a través de esas tomas de endorfinas virtuales, la primera en ver desde el exterior lo que las redes sociales hacen en el interior. Somos parte de ella y nos encargan que las guiemos, pero básicamente nos sentimos impotentes para hacer mucho más que observar. Tan difícil como es para los niños navegar en este laberinto sin forma, nosotros como padres tenemos que hacerlo también, tanto en nuestras propias cuentas como de manera más fuerte, más tácita y más poderosa en la de los amores de nuestras vidas.

Y eso es más que desalentador.

Fuente: El problema de un adolescente a quién no le interesan las redes sociales