No fue tragedia de milagro: la bala pasó cerca de la cabeza de uno de los pasajeros (@mluna91)

De la alegría provocada por el empate de Gigliotti a la desesperación absoluta. Habían pasado 45 minutos desde que el partido entre Millonarios e Independiente llegó a su fin. En el sector visitante, cerca de 200 personas esperábamos que los hinchas colombianos se retiren para poder regresar con tranquilidad.

Estábamos distribuidos en dos micros y una combi, con algunos autos particulares que seguían la caravana. La misma se dirigía al Radisson Hotel, lugar en que se hospedó todo el plantel de Independiente. Al subirnos, cuatro motos de la policía nos escoltaban, aunque no fue suficiente para evitar lo peor.

Aún con el estadio de fondo, el impacto seco sobre una de las ventanillas de la parte derecha del micro generó un escenario de temor e incertidumbre. Fueron 10 segundos de silencio. Nadie dijo nada. La voz de una mujer irrumpió en la escena para preguntar: “¿Están todos bien?” La respuesta fue afirmativa. El chofer, aún conmocionado con el estallido del vidrio, decidió frenar en una esquina. “Sacanos de acá, nos van a matar, acelerá”.

Independiente y su celebración en la cancha: los hinchas sufrieron afuera (AFP)

La policía le pedía que doble, pero seguía impávido ante tal efecto. Cuando dobló, algunas calles oscuras aumentaron el pánico. Al lograr salir de la zona, la calma volvía entre los 40 hinchas que viajábamos con miedo de tener la cabeza cerca de la ventanilla por temor a sufrir otra agresión.

Al llegar al hotel, descubrimos que el impacto tenía un orificio de salida en la misma ventanilla, pero del costado izquierdo. Era recto, un disparo perfecto. La policía explicó que en la vereda no había nadie, por lo cual no podía ser un piedrazo. “Esto fue un tiro”, reconoció otro. No lo podíamos creer. El hincha que viajaba en ese asiento, ya más tranquilo, aseguró haber “sentido el vientito. Me pasó algo muy cerca, fue rápido”.

La gente de Independiente en El Campín de Bogotá

El calvario vivido en el final había comenzado algunas horas antes, cuando llegamos al estadio. La policía que escoltaba a los micros de los jugadores nos hizo esperar detrás de ellos hasta que terminaran de entrar al vestuario. Mientras tanto, decenas de hinchas de Millonarios golpeaban los vidrios de los micros en ambos lados.

Luego, nos dijeron que bajásemos y caminemos hasta la entrada visitante. Era un delirio pensar en transitar, siendo una considerada minoría, entre los cientos de simpatizantes locales que llegaban para ver a su equipo. Dos hinchas de Independiente debieron descender para suplicarle a la policía que nos acompañen hasta el ingreso.

El vidrio por el que entró la bala en el ómnibus quedó astillado (@mluna91)

El sector que le concedieron a la gente de Independiente estaba entre dos tribunas con hinchas locales. Del lado derecho separaba una pared; del izquierdo, un cordón hecho por policías. En el entretiempo nos arrojaron piedras, monedas y botellas. Volvimos a pedirle a la policía controlen eso, pero no lo hicieron. El saldo: un hincha de Independiente con un corte en su nariz y dos puntos para cerrarle la herida.

Aquello que debiera implicar un hermoso momento deportivo, cargado de pasión y tensiones extremas, se convierte en un escenario salvaje, proclive a cualquier tipo de reacción, en donde el “vale todo” pareciera tener más sentido que en otros sectores populares. Pasó en Bogotá pero podría haber sucedido en cualquier parte del mundo. O en aquellos lugares en donde el fútbol se vuelve tan enfermo que asusta.

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Fuente: Crónica de una noche de pánico en Bogotá: el tiroteo al micro con hinchas de Independiente