El aplastante triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en las elecciones mexicanas del pasado 1 de julio provocaron un verdadero tsunami político, y abrieron paso a una nueva era política en este país. Los tres principales partidos tradicionales -PRI, PAN y PRD-, sufrieron una derrota humillante, y MORENA (fundada hace tan solo cuatro años por López Obrador) quedó posicionada como la principal fuerza política en este nuevo escenario, ya que además de la presidencia, obtuvo mayoría en ambas cámaras del Congreso, la jefatura de gobierno de la ciudad de México, la mayoría de las gobernaciones que estaban en juego y numerosos puestos a nivel local.

Esta contundente victoria, por un lado, abre oportunidades e incertidumbres para el futuro inmediato de México y, por el otro, coloca a López Obrador de cara a importantes desafíos.

El presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, en una conferencia de prensa (Lucãa Godinez/El Universal/dpa).

El presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, en una conferencia de prensa (Lucãa Godinez/El Universal/dpa).

Durante el largo (y absurdo) período de transición de cinco meses que transcurre desde el día después de las elecciones (2 de julio) hasta la toma de posesión (1 de diciembre), López Obrador, en su condición de presidente electo, deberá garantizar una transición ordenada, transmitiendo certidumbre y confianza.

Los primeros mensajes y gestos de AMLO han apuntado en esta dirección. El pragmatismo también estuvo presente durante su primera reunión con el presidente Peña Nieto, así como la celebrada con el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) -uno de los actores más críticos durante la campaña y que ahora le han manifestado su apoyo-, ante quienes reafirmó su compromiso de respetar la autonomía del Banco de México, defender la libertad de empresa, no expropiar ni aumentar impuestos, no incurrir en mayores niveles de endeudamiento y ser responsable en el terreno fiscal. Los mercados financieros y las calificadoras de riesgo, que estaban muy intranquilos antes de la jornada electoral, por el momento han reaccionado con tranquilidad.

Por su parte, a partir del 1 de diciembre, y ya en ejercicio de la presidencia, López Obrador tendrá tres desafíos principales. Primero, traducir su discurso de reconciliación y apego a las prácticas democráticas en hechos concretos. En sus primeros discursos, López Obrador ha reafirmado su compromiso de gobernar de manera democrática, respetar las libertades civiles y políticas así como la división de poderes.

El segundo reto consiste en manejar las elevadas expectativas que se generaron con su elección y demostrar que tiene un plan realista para cumplir sus promesas de campaña. AMLO deberá gobernar con eficacia y transparencia, llevando a cabo los profundos cambios prometidos, sin provocar demasiadas disrupciones. De lo contrario, la esperanza que supo despertar en un sector mayoritario de la ciudadanía podría rápidamente transformarse en una peligrosa frustración.

El tercer reto pasa por lograr una relación lo más madura y respetuosa posible con su molesto e impredecible vecino del norte, el presidente Donald Trump (tarea nada fácil, por cierto), especialmente en lo que refiere al sensible tema migratorio, la compleja renegociación del TLC y la controversial construcción del muro entre ambos países.

En la portada de los diarios del mundo, el triunfo de López Obrador (AFP).

En la portada de los diarios del mundo, el triunfo de López Obrador (AFP).

Una reflexión final. La compleja coyuntura mexicana es la que explica por qué en esta elección el enojo y el hartazgo ciudadano (con los partidos tradicionales y las élites) le ganó al miedo de elegir un candidato anti-establishment, carismático y con rasgos populistas como López Obrador. Fue un voto de castigo a la partidocracia pero, también, de esperanza.

A nivel regional, el triunfo de AMLO implica un giro de México a la centro-izquierda, a contramano de la tendencia prevaleciente hoy en América del Sur que es hacia la centro-derecha. También habrá que observar cual será la orientación de la nueva política exterior mexicana –a cargo de Marcelo Ebrard, a partir del 1 de diciembre- en dos ámbitos en los que Peña Nieto ha sido muy activo:

Por un lado, el fortalecimiento del libre comercio en el marco de la Alianza del Pacífico; y también, en la condena al gobierno autoritario de Nicolás Maduro, dentro del Grupo de Lima y de la OEA. Por el momento, AMLO no ha sido muy preciso respecto de su posición sobre ambos temas, limitándose a señalar que “la mejor política exterior es la política interna”.

¿Es López Obrador el Chávez mexicano, como pretenden presentarlo sus detractores? ¿Existe riesgo de que México se convierta en una nueva Venezuela? En mi opinión, el riesgo es mínimo. Una vez instalado en el poder (de hecho lo ha venido haciendo desde la noche misma de las elecciones), adoptará una posición pragmática, moderará sus propuestas de campaña y se moverá al centro político. Con ello no quiero decir que vaya a renunciar a llevar a cabo los cambios profundos prometidos.

Estoy convencido de que hará su mejor esfuerzo para cumplir, pero buscando articular un delicado balance entre el pragmatismo y sus promesas. Si desea tener éxito con su “cuarta transformación”, el principal referente ideológico de López Obrador no es el fracasado chavismo sino las izquierdas moderadas y exitosas de Uruguay (Mujica y Vázquez), Chile (Lagos y Bachelet) e incluso Brasil (sobre todo, los éxitos económicos y sociales de Lula, pero sin los escándalos de corrupción).

La noche del domingo 1 de julio, AMLO confesó que su mayor ambición era pasar a la historia como un “buen presidente”, y prometió no fallarles a quienes creyeron en él. A partir del 1 de diciembre, 127 millones de mexicanos estarán atentos (y ojalá también exigentes) a que López Obrador cumpla con su palabra.

* Daniel Zovatto es director regional para America Latina en IDEA


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