“Tengo la sensación de que vuelvo a ver una película que ya vi. Este es un país que sigue siendo golpeado por espasmos”, reflexiona.

El empresario teatral Carlos Rottemberg no disimula su preocupación. Llega al estudio de Infobae dispuesto a analizar la situación del teatro comercial e independiente, pero la realidad nacional también se sube a su escenario.

Reconoce que siente miedo y tristeza por la situación económica del país. Pero, por otro lado, asegura que pese a la crisis la gente sigue yendo al teatro: “Por ahora el 2018 mantiene los niveles de espectadores del año pasado, aunque nunca pudo recuperar el 23 por ciento que perdió en el 2016”.

Con nueve  obras en cartel –¿Qué hacemos con Walter?, TOC TOC, Cosa de minas, El test, Frágil, Lizy Tagiliani: Liberate, Solo en casa, Soltero, Niní en el aire– Rottemberg subraya que la gente hoy elige las comedias y que busca el humor y reírse  cuando va al teatro.

—¿Cómo está el teatro en este 2018?

—Está bien. Primero por una cartelera que sigue siendo espectacularmente importante en los circuitos, tanto del teatro comercial como del  independiente. Y está acompañando al 2017, después de un bajón de espectadores que fue en el 2016 con un 23 por ciento. Ahí lo sentimos.

—¿Pero nunca se recuperó ese 23 por ciento?

—No. Esa meseta, por ponerlo en millones de espectadores, que tuvo que ver con 3 millones de espectadores solamente en la Ciudad de Buenos Aires entre 2011 y 2015, es el 23% que se perdió en el 2016 y que coyunturalmente no fue ni siquiera en todo el año. Porque cuando comenzó el 2016 veíamos que en el primer trimestre enero-marzo no habían bajado los espectadores. Coincidentemente cuando fue el llamado “tarifazo”, en abril de 2016, empezamos a perder los espectadores. Es importante porque se da el combo del aumento de tarifas, que afecta directo al individuo que es nuestro posible cliente, y la caída de espectadores.

—Ahora estamos en este período de aumento de tarifas. ¿Teme que pueda haber un efecto 2016?

—No quiero hacer futurología. Nosotros sabemos que del circuito comercial hubo una porción de público teatrero que hizo crecer incluso al teatro independiente. Y esto fue por un tema de costo: queriendo mantener el hábito del teatro, derivó en otro circuito que tiene una plataforma más económica que lo que llamamos el teatro de la Avenida Corrientes. Habrá que ver cómo repercute, porque no nos olvidemos que la actividad teatral es una actividad suntuaria, dirigida fundamentalmente a un nivel socioeconómico que está por encima del promedio.

—Con este nuevo aumento de tarifas, que usted decía que afecta al teatro propiamente dicho y a quien va al teatro, ¿cómo lo contiene el productor? ¿Lo va a trasladar al precio de las entradas?

—A la entrada le pasa lo mismo que le pasa a tantas otras cosas. El problema de lo que llamamos una crisis en general es cuando es caro para el que tiene que pagar e insuficiente para el que tiene que cobrar. Como pasa con un sueldo. Cuando los sueldos pasan a ser muy onerosos para el sostenimiento de una empresa uno los mira con recelo, pero cuando van al bolsillo del destinatario no le alcanza, entonces no le sirve a las dos partes. Nosotros lo vivimos en el verano 2017 en Mar del Plata, donde preferimos directamente tener, sobre seis salas que programamos allí, tres cerradas. Porque sabíamos que trasladarle al público la necesidad empresaria hacía imposible que pudieran pagarlo. Como soy empresario, soy pragmático, no me gusta hablar o teorizar demasiado, me gusta ir a lo concreto.

—¿Y esa decisión de mantener cerradas las salas le permitió recuperarse?

—La ecuación económica fue mejor que la de 2016 abriendo todo. Qué paradójico, porque trabajando y produciendo menos, nos fue mejor económicamente en el 2017 que el 2016 abriendo todo y creando más fuentes de trabajo. Como contrapartida, a favor de 2018, el verano fue un verano donde Mar del Plata creció. Y creció en espectadores, y creció en cantidad de artistas que se presentaron, y creció a partir de una campaña muy fuerte que hizo el Gobierno de la Provincia a favor de esa ciudad, con un mayor flujo turístico, que por supuesto derramó en cualquier actividad comercial, el teatro entre ellas.

—¿La temporada es una foto que le sirve para pensar la estrategia del año?

—A mí, será porque hace más de cuatro décadas que me dedico a lo mismo, me gusta ver la película completa. Porque en la película completa nos damos cuenta por décadas las subas y bajas que tiene cualquier actividad, también la nuestra. Por eso arranco como mínimo en el año 2000 para saber cómo fueron las curvas que la Sociedad de Empresarios nos indica a medida que se auditan los bordereaux, la planilla de asistencia de espectadores, y que en una cuenta tan simple de entradas y salidas va dando un resultado de cuántos espectadores fueron al teatro y qué recaudación produjo eso, para saber cuál es el valor de la entrada real y no el que podemos tomar mínimos y máximos.

—Usted dice que le gusta ver la película completa. ¿Siente que con la devaluación y el anuncio del volver al Fondo Monetario Internacional podría estar empezando una película nueva en estos días?

—Tengo 61 años, hace más de 43 que me dedico a lo mismo, nunca por suerte dependí del Estado. Nunca tuve relación económica, comercial o de ningún tipo con ningún gobierno, por lo tanto todas estas películas siento que ya las vi y las viví. Trabajé con gobiernos democráticos, con la dictadura en cartel -para llevarlo al terreno teatral-, pasé por los patacones hasta el corralito, o en temporadas que teníamos que apagar las marquesinas a las seis de la tarde por ahorro energético, hiperinflación, Fondo Monetario, no Fondo Monetario, tantas más… Algunos estamos más curtidos. Siento que mis colegas más jóvenes se horrorizan un poco más como yo me horrorizaba antes.

—¿Ya no se horroriza?

—Ahora tengo la sensación de que veo una película pero que no es nueva, en todo caso este es un país que sigue siendo golpeado por espasmos. Y creo que estamos viviendo un espasmo que a mí particularmente no me convence ni me gusta, como a otra tanta gente. Incluso creo que no le gusta ni al oficialismo. A mí me gusta más la calma chicha. No estoy contento.

—Cuando dice que esta película ya la vio, ¿siente que está como volviendo a empezar una película vieja?

—O por lo menos en continuado.

—¿Un continuado de qué época, de qué etapa? Si es una película que ya se vio ¿cuál sería?

—Hubo épocas, no tan lejanas, donde un amigo me dijo que tenía miedo y lo respeté, yo no lo tenía. Entonces pido, sin puntualizar la época, que se nos respete a los que podemos tener miedo hoy. Porque tenemos los mismos derechos a tener miedos, los de antes o los de ahora, en tanto y en cuanto sean honestos. Noto que nada de lo que me dicen termina pasando. Y fundamentalmente no compro la idea ni el mecanismo del ladrón que grita en la esquina “¡ladrón, ladrón!” mientras el que arrebata la cartera se corre para el otro lado. El mecanismo del ladrón me levanta muchas sospechas.

—¿Está desilusionado?

—No, triste. Desilusionado no porque hay gente que está del otro lado, hay seres humanos, ciudadanos, gente que la pasa mal. Uno quiere acertar con lo que piensa y no acertar si sale bien. Me parece una aberración la gente que quiere o puede ponerse feliz por acertar, si jugó al pesimismo. Es mejor equivocarnos, es mejor que a nuestros conciudadanos les vaya bien, insisto, si no fue sponsoreada la opinión, si no fue campaña, si no fue a cambio de algo.

—¿Siente que se equivocó?

—¿Qué importa equivocarnos? Tantas veces me equivoqué. Yo voté por la Alianza, el fin de semana aquel del 20 y 21 de diciembre no lo puedo olvidar. Sin hacer campaña, y sin ser otra cosa que un ciudadano, recuerdo que en mi casa aquel viernes 21 de diciembre dije: “Tengo mi cuota, mi parte, me equivoqué”. Cuando veía los caballos en la Plaza de Mayo, reconocía que los había votado. Acá, como en el teatro, es bueno tener éxito pero a veces con la misma receta intenté hacer un éxito e hice un fracaso. Me parece bueno reconocerlo, como reconozco que soy gordo no por un problema metabólico sino porque como lo que no tengo que comer.

—Me decía que en algún momento había gente que le decía que sentía miedo y que a usted no le pasaba, pero que ahora le pasa. ¿Miedo a qué?

—Miedo a la violencia que trae represión. Miedo a no poder llegar al consenso. Miedo a que a cualquiera de los dirigentes que tienen responsabilidades importantes con las ciudadanía, se les vaya de las manos. Como mínimo miedo. Hay que tratar fundamentalmente de no provocarlo y desde el puesto de cada uno seguir trabajando, enojado más-menos, tratando de sortearlo. Pero es la obligación ética, moral, de cada ciudadano tratar de no echar leña al fuego.

—¿Cómo ve en ese rol a la oposición?

—Lo voy a llevar a mi terreno teatral. En casi 1.000 espectáculos que presenté en 43 años, cuando fracasé nunca le eché la culpa al éxito del teatro de la otra cuadra. Los fracasos son míos, trato de cambiarlos rápido, de pensar otra obra, ver qué me pasó y fundamentalmente llamar a algún amigo que me haya dicho “no la hagas porque te va a ir mal”.

—Pareciera que en la política eso pasa poco. No se ve la autocrítica ni de un lado ni del otro.

—Por supuesto, y aclaro que pasa también en las actividades comerciales, es bastante complejo. Creo que se vive mejor pudiendo conocer las limitaciones de cada uno, tomo el ejemplo personal porque en definitiva todo lo hacemos personas: cuando hablamos de gobierno, oposición, corporaciones, medios, todos somos personas. Nada lo produce otra cosa que no sean los seres humanos. Lo bueno y lo malo, la paz y la guerra. Yo sigo personas y cuando me defrauda doy vuelta la página y le quito el crédito. No tiene mucha vuelta el tema, puede ser simplista el planteo pero estoy agotado de que me dibujen cosas no simplistas para tapar resultados simplistas.

—El teatro acompaña las épocas y va mutando

—En la dictadura con Teatro Abierto, en épocas más recientes con Teatro por la Identidad, el teatro acompaña la época con su humor, para poder ser un salvoconducto para tanta gente que de repente busca en ese rato de recreación un vínculo de cultura y esparcimiento familiar.

—¿Y de qué forma acompaña el teatro esta etapa?

—El teatro lo acompaña desde el humor para el que busca humor, y también un teatro más contestatario que siempre lo hay, aunque no tanto en el circuito del teatro comercial. La gran diferencia que noto, mirando la película completa, es que 30 años atrás -lo pongo con nombre y apellido para que se más sencillo- en la Avenida Corrientes había más Alfredo Alcón haciendo Panoramas desde el Puente, o Nuria Espert haciendo Yerma. Hoy lo nuestro está más teñido por la comedia más o menos profunda, pero fundamentalmente con humor.

—¿El humor es lo que busca la gente hoy?

—El humor viene a suplir en esta época la esencia que tiene que ver con lo emotivo, el espectáculo del sentimiento, porque vale para el cine también. En general si uno mira la película del mundo, como por ejemplo Titanic, nadie piensa que la va a ver porque es una película cómica, todos sabemos antes de entrar al cine como termina, pero apela a los sentimientos. Y los grandes éxitos mundiales apelan al sentimiento. Lo que estoy viendo es que en los últimos tiempos se trasladó el sentimiento al humor, entonces cada vez aparecen más anuncios en la radio, en la tele o en la gráfica, que dicen más o menos esto: “Con esta te vas a reír más”.

—¿La gente se quiere reír?

—Cuando todos salimos a decir que te vas a reír más es porque hay una percepción, a partir de la respuesta del público, de que la gente está buscando más risa que antes. ¿Y por qué está buscando más risa? No sé, quizás deberías entrevistar a un psicólogo más que a mí para que te explicara. ¿Qué pasa que están buscando más la risa? Nosotros lo que podemos darte es el dato duro del bordereaux que indica que están buscando más la risa. Y nosotros, como empresarios, empezamos a correr detrás de la risa que vemos que nuestro espectador está buscando.

Fuente: Carlos Rottemberg: "Tengo miedo y tristeza por lo que pasa en el país, pero no es ético echar leña al fuego"