Soledad tenía 24 años cuando, en una prisión italiana, decidió quitarse la vida

“Últimamente lo extraño demasiado, tal vez estoy haciendo cualquier cosa y una imagen suya me viene a la mente, me vienen flashes de cosas que hacíamos juntos o de imágenes nuestras (…), su sonrisa, sus ojos. Cuando pienso en esto me da la sensación de que no puedo resistir más, mamma mía, es tan profundo el dolor de la muerte que parece que no se puede superar más“, le escribió a un amigo durante sus últimos días de vida, en 1998.

Hace dos décadas, luego de pasar su cumpleaños número 24 en prisión, la argentina Soledad Rosas se encontraba presa en una especie de granja de recuperación a la que fue enviada por la Justicia italiana, que la investigaba por su supuesta participación en actos terroristas.

La joven se refería, con esas palabras dolorosas, a la muerte de quien había sido su novio, Edoardo Massari o “Baleno”, como lo conocían todos, quien poco antes, también preso, no resistió la privación de la libertad y se quitó la vida.

Meses más tarde ella haría lo mismo y se convertiría, con el tiempo, en un emblema de diversos grupos anarquistas que, veinte años después de aquellos episodios trágicos, todavía es recordado y hasta venerado por diversos artistas.

Edoardo “Baleno” Massari

Pero el recorrido de “Sole” –como la llamaron en consignas y banderas los grupos de squatters y anarquistas italianos que reivindicaron su lucha– hasta ese final trágico parece casi una historia de película (de hecho Agustina Macri, la hija cineasta del presidente argentino, trabaja desde hace tiempo para llevar la historia de la joven anarquista al cine, tomando como punto de partida el libro Amor y anarquía. La vida urgente de Soledad Rosas, del periodista y escritor Martín Caparrós).

Sole y Baleno se habían conocido viviendo entre okupas y se enamoraron. Viajaron, pasaron los días juntos, se instalaron en una casa que ocuparon con otros amigos anarquistas como ellos en la localidad italiana de Turín.

No había pasado tanto tiempo –apenas unos meses– desde que la joven había dejado Buenos Aires y la comodidad de su hogar familiar en Barrio Norte para irse a Europa.

Los diarios reflejaron el suicidio de la joven (Archivo Tea y Deportea)

Vivía con sus padres y su hermana Gabriela, con quien compartía el cuarto y algunos gustos musicales. La política no era un gran tema para Soledad durante la adolescencia, pero no faltaban libros de historia ni alguna que otra conversación sobre política con su hermana y su padre, que había sido militante, primero del Partido Socialista y luego del PJ.

Soledad había estudiado en un colegio privado bien tradicional y porteño, el Río de la Plata, donde, según distintos testimonios de la prensa de la época, nunca se sintió cómoda.

Cuando terminó no sabía bien qué hacer: trabajó primero como mesera en un café de su barrio, luego le consiguieron un puesto como empleada administrativa hasta que, por un impulso propio, decidió dejar todo y ganarse la vida como paseadora de perros.

Detenida en Italia sólo pudo ver al hombre que amaba una vez, cuando se cruzaron en Tribunales

“Soledad tenía 18 años y más de 20 perros en sus manos: los meses buenos llegaba a ganar unos 2 mil dólares”, reconstruyó Caparrós en su libro. Con una buena cantidad de clientes, llegó a mandar a imprimir tarjetas donde ofrecía su servicio bajo el nombre de “Soledad y su pandilla”.

Fue en esos días de recorrer la calle con las mascotas que, según contó la madre de Soledad, Marta, en una entrevista con el diario Perfil, algunos rasgos de la personalidad de su hija comenzaron a cambiar y se empezó a rodear de gente nueva.

Buscó gente en la calle, gente de la plaza, siempre algún pobre infeliz se aprovechaba de su bondad, y bueno, había que hacerle comida para que le llevara, y había que comprarle ropa”, dijo.

Tiempo después, y tal vez para seguir algún tipo de mandato familiar, se anotó en una universidad privada, de la que egresó con el diploma de licenciada en Administración Hotelera en mayo de 1997. Por el título obtenido, su familia le regaló un viaje a Europa, que emprendería el 22 de junio de 1997 con una amiga llamada Silvia.

La acusaron de haber participado en una tentado contra un tren de alta velocidad. Un Fiscal determinó que nunca había estado asociada a actos terroristas (Archivo Tea y Deportea)

“Su pasaje estaba abierto por seis meses: Soledad tenía que volver a Buenos Aires a mediados de diciembre y había planeado su viaje en consecuencia. Los dos primeros meses las dos mujeres trabajarían en los Alpes italianos: los parientes de una vecina de Silvia tenían una hostería en un pueblo llamado Alpe Devero”, reconstruyó Caparrós.

Cuando las amigas llegaron finalmente al destino inicial (luego tenían planeado conocer otros países) se encontraron con que en la hostería no había muchos turistas y decidieron seguir recorriendo Italia.

Dieron vueltas, conocieron grupos punk, se vincularon con gente que hasta el momento nunca habían visto. Entonces llegaron hasta la localidad Turín y la vida de Soledad cambiaría para siempre.

Es que, buscando un sitio donde pasar la noche llegaron a uno de los lugares de la ciudad conocidos como “El Asilo”, donde vivía una gran comunidad de los llamados squatters, que tenía ocupado el lugar desde 1994.

Según distintas crónicas periodísticas de la época, la joven argentina alucinó con ese espacio, donde parecía no haber reglas de mercado, donde nadie era dueño y donde la convivencia parecía distinta a lo que ella había conocido hasta ese momento.

El libro de Martín Caparrós contando la historia de Soledad Rosas

Entre militantes anarquistas se sintió a gusto, y allí conoció a quienes se convertirían en sus amigos y su pareja. De hecho se llegó a casar con uno de los okupas, Luca Bruno, para no tener problemas de papeles por su estadía prolongada en Italia.

Mientras su familia le preguntaba cuándo volvería a Buenos Aires, Sole le escribía cartas a sus amigos porteños contándoles de la experiencia que estaba atravesando. “A mí acá me pasan cosas muy fuertes. Aprendo mucho y a veces tengo miedo, y me quedo muda, por ejemplo, en una conversación”, le escribió a su amigo Fabián.

A fines de 1997, varios jóvenes squatters turineses decidieron ir a pasar el fin de año al calor español. Entre celebraciones junto a okupas españoles, playas y fiestas nació el amor entre Edoardo y Sole.

“Nos veo juntos en aquella playa, desnudos, tan juntos”, le escribiría ella desde su celda a su amado, tiempo después.

La familia de Soledad (Archivo Tea y Deportea)

Al regresar a Italia, ya convertidos en una pareja formal, fueron inseparables. Se fueron a vivir a otro lugar que tomaron, la llamada Casa Okupada de Collegno, junto a otro squatter llamado Silvano Pelissero.

Por esos días practicaban a diario yoga, se hicieron veganos y Soledad se rapó el pelo.

Sin que lo supieran, mientras recorrían distintos lugares en auto, hablaban de temas vinculados con el anarquismo y hasta fantaseaban con llevar adelante alguna acción, estaban siendo grabados y perseguidos por la policía, que dejó oculto un micrófono en el automóvil que usaba Silvano.

En marzo de 1998, los tres jóvenes fueron detenidos por la policía, acusados de “ecoterrorismo”. Según la Justicia italiana, los tres pertenecían a una agrupación involucrada en acciones terroristas, los llamados “Lobos Grises”, contra un tren de alta velocidad. Y aunque no había pruebas concretas sobre la participación directa de ninguno de los tres, fueron encarcelados de inmediato.

El caso tomó tal repercusión que llegó a la portada de los principales diarios de Italia. Mientras tanto, se multiplicaban las protestas anarquistas y el clima político en aquel país se volvía cada vez más denso.

“Golpe en Turín. Capturados los ecoterroristas. Los ‘Lobos Grises’ acusados de los atentados contra los trenes de alta velocidad en el Valle de Susa”, describió el diario La Stampa. Por su parte el matutino La Repubblica tituló “Detenidos tres subversivos”.

Se recibió de Licenciada en Hotelería y sus padres le regalaron un viaje a Italia: allí conoció Edoardo “Baleno” Massini

Mientras tanto, en Buenos Aires, la familia de Soledad estaba inquieta porque hacía varios días que la joven no se comunicaba con ellos. Hasta que al final supieron lo peor: Soledad estaba en la cárcel acusada de un delito grave.

Mientras, las imágenes de Sole, Baleno y Silvano se convirtieron en un ícono y encabezaban las protestas de los anarquistas italianos, que exigían la libertad de los jóvenes.

La argentina y su novio quedaron detenidos en lugares distintos y se pudieron volver a cruzar apenas una vez en tribunales. Se escribían cartas mientras estaban presos, pero temían que éstas fueran leídas por las autoridades policiales.

“Edo, ¿cómo estás, cariño? (…) Hago mucha fuerza, mucha visualización. Nos visualizo a nosotros tres libres, paseando por algún lado, y a nosotros dos nos veo juntos en aquella playa (…). Me vienen a la cabeza tantos recuerdos bellos pero cuando llegan prefiero dejarlos dormir porque si no, lloro. Sólo quiero pensar en el futuro”, le escribió desde su celda Sole a su novio.

En paralelo, los jóvenes detenidos hablaban con un abogado que les consiguió un grupo anarquista y especulaban sobre sus posibilidades frente a la Justicia.

A diez años de la muerte de Soledad Rosas (Archivo Tea y Deportea)

Pero el 27 de marzo Edoardo no aguantó más y decidió quitarse la vida en su celda con la sábana de su cama. La noticia provocó tal impacto que los grupos anarquistas volvieron a las calles, que se vieron pobladas de bombas de pintura roja en distintas ciudades italianas.

Al enterarse, Sole quedó devastada. Llegó incluso a llevar adelante varias huelgas de hambre. Después de varias gestiones y pedidos de legisladores, la Justicia le permitió asistir a los funerales de quien había sido su pareja. Fue el centro de atención de todos, que ya la veían como una figura emblemática del movimiento anarquista.

Por distintas iniciativas que llevaron adelante tanto el abogado que tenía como otro que propuso su familia, Soledad fue enviada en abril a una granja para cumplir con lo que los jueces describieron como un “arresto domiciliario” mientras seguían las investigaciones sobre la joven.

Mientras estaba allí recibió la visita de su hermana, quien pudo quedarse varios días con ella. También lo hizo su madre. Sole pasaba sus días trabajando la tierra, leyendo, reuniéndose con sus compañeros. Usaba todos los días la ropa que había sido de Edoardo.

Las pintadas en Italia apoyando a Soledad y a Baleno

El 23 de mayo de 1998 cumplió 24 años. Poco después se enteró de que su hermana, en Buenos Aires, había dado a luz a una niña. Los tiempos parecían jugar a su favor: la familia recibió una comunicación que le indicaba que quedaba poco para que la joven pudiera volver a Buenos Aires si cumplía con algunos procedimientos. Pero ella se negó, ella prefería seguir los consejos de su abogado italiano, lo que disgustó a los Rosas, que habían hecho grandes esfuerzos en sus distintas gestiones.

En una de sus últimas cartas a quienes habían sido sus compañeros en el Asilo, Soledad escribió: “Estoy cansada, cansadísima de escuchar que todos hablan de nosotros tan mal (…). No tengo ni cabeza ni cuerpo para resistir, pero seguiré. Siento que por alguna razón debo hacer. (…). Este es un mundo de reglas, están todas las reglas de afuera pero concentradas al cien por ciento, todo contra mi naturaleza. Seguir adelante en este momento es como desear que una palmera crezca en el Polo Norte“, apuntó.

El viernes 10 de julio de aquel año, Soledad recibió visitas, habló con sus compañeros, fumó. En algún momento de la noche, quizá entrada la madrugada, decidió quitarse la vida, tal como había hecho quien fuera su pareja.

Según reconstruyeron los diarios de entonces, junto a su cama había un libro abierto, el Manual del Guerrero de la Luz, de Paulo Coelho. Según algunos testigos, Sole dejó una carta que pidió que fuera quemada de inmediato por los amigos que la leyeran. Decía –aunque no todos coinciden exactamente con esas palabras– que no soportaba más el encierro.

La casa tomada y la historia de Sole (Archivo Tea y Deportea)

La noticia, nuevamente, provocó una ola de protestas. Y, ahora sí, el caso de la argentina anarquista llegó a los principales medios nacionales. “Idealista de fin de siglo”, “Heroína de los marginales italianos”, “Final del amor y la utopía”, titularon los diarios y revistas argentinos para contar el caso.

“La Sole se fue de lo linda que era”, dice el Indio Solari, líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en la canción ¡Esto es to-to-todo amigos!, del disco que la banda presentó a fines de 1998.

El mito no paró de crecer y se multiplicaron los homenajes con la cara y las palabras de Soledad Rosas (la banda punk She Devils llegó a componer una canción con las palabras de una de las cartas que la joven anarquista escribió en la cárcel).

Luego de varias demoras y en un clima difícil, en 1999 se abrió el juicio contra Silvano Pelissero, el único del grupo de allegados a la argentina que quedaba vivo.

La Fiscalía de entonces, que antes los había mandado a la cárcel, aseguró esta vez que ni Soledad Rosas ni Edoardo habían estado vinculados a los atentados, ni que pertenecían al grupo de los llamados Lobos Grises.

A Pelissero lo acusaron de “asociación subversiva” pero más adelante un tribunal determinó que esa figura no tenía fundamento y quedó, por fin, en libertad.

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