El discurso del odio racial es la más peligrosa de las arengas. Es allí donde anidan las facetas más abominables del ser humano, esa parte oscura de la humanidad que las personas de bien quieren creer que no existe, a pesar de la que la historia demuestra, una y otra vez, que cada tanto vuelve a emerger y a exhibir todo su espanto.

El racismo nazi nació en la cultura alemana, pero tuvo su expansión aún en las sociedades más evolucionadas, como Estados Unidos, Inglaterra e Italia, por nombrar unas pocas. La simplificación paranoica de que hay una raza que es la culpable de los males de la sociedad en un momento dado, por cierto, tampoco está restringida a los judíos, pero tuvo en el Holocausto su expresión más depravada.

Tampoco la Argentina estuvo exenta de ese horror. En la década del 30 empezaron a organizarse agrupaciones ultranacionalistas, que evolucionaron naturalmente a la ideología nazi, y en los años 40 se plegaron enfervorizadas a la liturgia hitleriana, mientras salían a la calle a perseguir a judíos, comunistas y socialistas, bajo la mirada indulgente (más bien, con el respaldo) de las fuerzas de seguridad de la dictadura nacida el 4 de junio de 1943.

Ese núcleo de odio, genuinamente nazi, nunca desaparece del todo, porque es constitutivo con nuestros antepasados bestiales y carentes de palabra, es decir de cultura, de sociabilidad y respeto al otro, tolerancia, amor, respeto. A costa de millones de muertes y enormes sufrimientos, la humanidad fue desarrollando un sistema de reglas democráticas que deben estar alertas ante la reaparición demencial del horror.

Por cierto, no nos gusta contactarnos con el espanto. Pretendemos creer que no existe. Es una forma de autoprotegernos. Evitar nombrar a los que fomentan el odio racial, evita ensuciar nuestra propia humanidad, bastante magullada por la dura existencia. Yo misma actué de ese modo. Ayer repudié los dichos de un señor que me antecedía en mi programa en Crónica HD, y no lo nombré.

Pero me equivoqué. A los que fomentan el odio hay que mencionarlos con nombre y apellido, para que tengan vergüenza de seguir propalando los malos sentimientos en una sociedad que necesita abrazarse, que necesita entenderse, que necesita puentes para superar las distancias.

Ese señor que tomó en mayo de 1990 el local donde funciona el Comité Nacional de la UCR en respaldo de la rebelión carapintada, que fue secretario de Aldo Rico y creador y apoderado del MODIN, que tuvo una empresa llamada Cop Petrol que se dedicaba a la comercialización de combustibles hasta que quebró, que luego -según denuncias- se dedicó a la importación y distribución ilegal de naftas sin marca, que alguna vez soñó con ser presidente y se definió como “políticamente nacional, económicamente desarrollista y éticamente católico”, que luego estuvo con Francisco De Narváez y más tarde con Octavio Frigerio y Cambiemos, para pasar últimamente a ser un enfervorizado kirchnerista: se llama Santiago Cúneo. Y no es periodista.

Ayer me trató de “conchuda” y de “rata”. Hoy me presenté al INADI a denunciarlo. Agradezco a cada un@ de l@s que me expresaron su solidaridad en las redes sociales, en mi teléfono, en los medios. Ahora tratemos de que no siga diciendo barbaridades por televisión. No lo merecemos.

Fuente: A los que fomentan el odio hay que mencionarlos con nombre y apellido