La masacre de El Salado, en febrero del año 2000, dejó 66 personas muertas en un pueblo de 5.000 habitantes

Los paramilitares sorprendieron a la familia de Leiner Ramos entrando al pueblo. Cuando apuntaron con sus fusiles, a dos de sus hermanos se les activó la sangre de futbolistas. Decidieron correr para gambetear a la muerte. Solo uno lo consiguió.

El otro fue una de las 66 personas masacradas en cuatro días en El Salado. Entre el 16 y el 21 de febrero de 2000 se abrió allí una puerta al infierno. Los encargados de girar la llave descendieron de helicópteros y camionetas. 450 hombres armados, con insignias de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC. Señalaron a sus 5.000 habitantes de ser colaboradores de la guerrilla.

Con los únicos que había colaborado el hermano mayor de Leiner era con los mediocampistas y delanteros del equipo del pueblo, para marcarles a sus rivales. Era el goleador. Rogelio Ramos, 24 años, dorsal número 9, padre de Dedris, una niña de dos meses de nacida; héroe personal del menor de sus cuatro hermanos. El recuerdo no cicatriza. Todavía hoy, 18 años después, a Leiner se le parte la voz y se le mojan los ojos cuando se reabre.

Los ‘paracos’, como llamaban a los ejércitos de mercenarios privados que se confabularon con fuerzas del estado, empresarios y políticos, cercaron el corregimiento de vocación tabacalera y ganadera. Lo sentenciaron a una pesadilla que aún retumba como una de las matanzas más crueles de la historia colombiana.

Llegaron disparando a los techos. Reunieron a la población en la cancha de fútbol de cemento, al frente de una iglesia que quedó desolada. A la primera víctima le cortaron una oreja, lo acuchillaron, lo cubrieron con una bolsa negra. Lo terminaron con un escopetazo en la nuca. Una a una siguieron las ejecuciones, a la vista de todos. Hicieron sonar gaitas, tambores y acordeones como telón de fondo. Habían robado los instrumentos de la casa de la cultura.

Saquearon las tiendas, se emborracharon, prendieron los equipos de sonido de las casas a todo volumen. Metieron la cabeza de un campesino en un saco y la patearon como un balón. Después de acabar con los hombres de su lista, siguieron con las mujeres. Las violaron, las colgaron de árboles, las empalaron.

Al presidente de la Junta de Acción comunal le volaron los sesos con una ráfaga de plomo. El que le disparó los recogió y se los mostró a los demás. “Ya vieron, para que aprendan, no se metan más con la guerrilla”, dijo, según una investigación del grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. Dejaron los cadáveres pudriéndose al sol. Cuando se acabaron los nombres de su lista, siguieron matando a todo el que se topaban. Sin ninguna fuerza que se les opusiera.

Los padres, los tíos y los hermanos de Leiner se tumbaron de rodillas en la arena y alzaron los brazos al encontrarse de frente con los ‘paracos’. Él tenía entonces 15 años. La familia Ramos había huido cuando sonaron los primeros fogonazos del apocalipsis ‘para’. En el pueblo hubo advertencias, llamadas, asesinatos a sus afueras; mantenían en guardia a muchos hogares. “Cómanse las gallinas y los carneros y gocen todo lo que puedan este año porque no van a disfrutar más“, decían unos panfletos que un helicóptero había lanzado un par de meses antes, en diciembre del 99.

El Salado, hoy. La gente comenzó a regresar al pueblo en el año 2002 (fotos: Iván Bernal)

Los Ramos regresaron cuando la parranda de sangre parecía haber terminado. No era así. Los demonios también sufren de resaca. Ya sin tanto ruido, pero ahí seguían. Los hijos mayores salieron corriendo. Se dividieron. Uno emprendió hacia el cerro. El otro, por abajo, por un camino del pueblo. Rogelio no vio que, por allí, lo estaba esperando otro grupo de paramilitares. Aguardaban en una tienda. Le cortaron el paso.

Fue degollado, fue torturado“, dice Leiner.

Rogelio siempre llevaba a Leiner a sus partidos. Esos recuerdos tienen un efecto inverso. Sellan su cara con una sonrisa que le hace brillar los ojos.

El deporte aquí era la maravilla, la maravilla… los mejores campeonatos se organizaban acá“. Venían equipos de todas las veredas de los Montes de María, a medirse en torneos en la cancha de arena de El Salado. Leiner le hacía fuerza a su hermano desde la orilla del campo. “Era apasionado al fútbol. Me quedaba en la esquina, en la sombrita debajo del árbol. Espérame aquí, me decía, y me daba la mochilita con los guayos. Mientras, yo lo veía”.

Después de la matanza no quedó ni goleador, ni equipo ni cancha. Ni nada.

Hubo un tiempo en que El Salado fue un pueblo fantasma. Las dos calles que lo atraviesan quedaron desoladas después de la masacre. Los que sobrevivieron, huyeron. Por años, las parcelas y casas solo albergaron el eco de los gritos y los fusiles.

Derramar sal es un viejo presagio de mala suerte. Augurio de la supuesta aparición del diablo, según antiguas supersticiones.

Se dice de algo que está ‘salado’ cuando le va mal. Por su ubicación, este corregimiento del municipio Carmen de Bolívar quedó en la mitad de la guerra. La selva y las montañas lo rodean. No tenía ni un solo camino pavimentado que llegara hasta sus calles. Enclavado en los Montes de María, a 18 kilómetros de la cabecera municipal, a 28 kilómetros del río Magdalena y a unos 102 de las playas de Cartagena, la capital departamental. Lejos de todo, lejos de toda autoridad, se convirtió en corredor para el tránsito de las actividades guerrilleras del interior del país hacia la costa norte. Un corredor para la droga. También era un lugar al que los insurgentes recurrían para esconderse y aprovisionarse después de sus combates. Esto los hizo blanco del avance ‘para’ y del Ejército. La población pasó de vivir secuestrada por la guerrilla a ser pisoteada por las autodefensas. Más salado no se puede ser.

Su gente empezó a regresar en 2002.

El paisaje no parece haber cambiado mucho, a simple vista. Las calles aún son de barro. Los saladeros las transitan en caballos, mulas o motos. Las casas de techos oxidados siguen dispersas entre matorrales y árboles. Es raro ver algún policía. En la vieja cancha donde ocurrió la matanza hay una gran pintura, con un símbolo de paz en el punto central. Pero llovió y el agua lo cubrió de arena.

Otras cosas sí han cambiado. Leiner, por ejemplo, ya no sueña con ser futbolista. Tiene ahora 33 años. Es el fundador y director de la escuela de fútbol en El Salado. Con un equipo de monitores les brinda formación a cerca de 300 niños, niñas y adolescentes del pueblo y las cinco veredas circundantes.

Leiner está empeñado en otro sueño, el de un pueblo que lucha por sacudirse la sal. Tiene una hija, Sara Sofía, de cuatro años. Para sostenerla trabaja doble; además de su labor deportiva, cultiva yuca y tabaco. La agricultura también ha regresado.

En El Salado ahora hay un puesto de salud que funciona 24 horas, una biblioteca, un acueducto con páneles solares. Todo ha llegado por cuenta del trabajo de la misma comunidad, con el apoyo de fundaciones y entidades privadas.

Y lo más importante, a ojos de Leiner: una cancha con gramado artificial, plenamente iluminada, demarcada y enrejada. Requirió una inversión de $1.200 millones. La llamaron Radamel Falcao García, en honor al goleador samario.

Los niños corren descalzos a espaldas de Leiner, mientras él recuerda las gestiones y trámites que enfrentó para lograr su apertura en 2016. Al viejo campo de arena le salió nuevo dueño. Muchos desplazados enfrentaron lo mismo. Al volver, sus tierras aparecían a nombre de otros. “Fue dura la cosa. Pensé que nunca se iba a dar”.

Los niños corren detrás de él, como lo hicieron ese día que llegó al pueblo con un “baloncito bombita”. Llegaban a buscarlo todos los días, para jugar. Primero seis, luego 15, después 30. “A través del deporte hemos construido una familia”.

Los paramilitares mataron a su hermano, pero las ideas son a prueba de balas. No había nada que pudieran hacer contra la inspiración que despertaba Rogelio, la gran promesa de la familia Ramos. Al contrario, lo inmortalizaron.

Hoy Leiner es mayor de lo que nunca fue su hermano. Todo lo hace en su memoria.

El partido sigue. Es largo; ya no contra los guerrilleros o los paramilitares, sino contra aquello que los dejó entrar en un principio: el abandono estatal. Cada niño que se suma a la escuela y se aleja de las filas de los violentos es un gol a su favor.

“Una de las motivaciones que me inspira a seguir en este proceso, porque no es fácil estar todo el tiempo, es verlos sonreír. Acá es mi vida, mi pasión. Algo que no tuve la oportunidad de tener en mi infancia. El fútbol cambia muchas vidas. Y hoy que está en mis manos poder hacerlo y seguir ese legado, es mi felicidad“.

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Fuente: A 18 años de la peor masacre de la historia de Colombia, El Salado busca revivir con su fútbol