¿Te gustaría ser un Rey Midas?

en Politica el 11/01/2018

El falso don y la verdadera riqueza

El rey Midas

Dicen que hubo un rey Midas real y uno legendario. El de carne y hueso fue un gobernante frigio que vivió aproximadamente en el año 740 antes de Cristo en el Asia Menor. Al Midas de leyenda, en cambio, le sucedieron cosas extraordinarias, muchas de las cuales relata Ovidio en Las Metamorfosis, y que es probable que todo el mundo conozca porque se han convertido con el tiempo en una célebre fábula popular. Aparentemente este Midas mitológico era un monarca muy rico, que vivía en un ampuloso palacio y que atesoraba todo tipo de bienes materiales. No había una noche del año en que no se fuera a dormir sin antes contar monedas de oro y vanagloriarse de sus inmensas posesiones. Se trataba de una persona sumamente ambiciosa, siempre ansiosa por conseguir un poco más. Midas vivía con su hija Zoe, y uno de sus pasatiempos favoritos consistía en cultivar rosas en sus extensos jardines.

Una tarde, el reino recibió la visita de la comitiva de Dioniso (conocido también como Baco), el dios del vino. Durante la excursión, uno de los acompañantes de Dioniso, Sileno, una divinidad menor, una especie de sátiro afecto a la bebida y a la juerga, se alejó del grupo y se perdió en los rosales de Midas, donde se emborrachó y se quedó dormido. Al verlo, Midas lo acogió y lo hospedó en su castillo, y luego se aseguró de escoltarlo hasta la comitiva de Dioniso. Para agradecerle el gesto de buen anfitrión, el dios de la celebración le ofreció cumplir cualquier deseo que el monarca le solicitara. Midas casi no tuvo que pensarlo. Al instante respondió: “Quiero que todo cuanto yo toque se convierta de inmediato en oro”. “¿Estás completamente seguro de que ese es tu deseo?”, le preguntó Dioniso. “Desde luego”, respondió Midas irreflexivo. “Así sea”, replicó el dios alzando su copa de vino: “A partir de mañana todo cuanto toques mutará en oro”. Midas rió de felicidad.

Al despertar, ansioso por probar si el poder supuestamente concedido por Dioniso era cierto, se levantó de la cama y tocó lo primero que encontró: una silla. Efectivamente, apenas posó sus dedos sobre la madera, esta se convirtió al instante en oro. Midas estaba radiante. Tocó su entonces una mesa. Se operó el mismo milagro: la madera se transformó en oro. Cuántas riquezas lo esperaban. Posó su mano sobre casi todos los muebles de su habitación, y calculó cuánto valdrían ahora esos objetos vueltos oro.

Al llegar al comedor, vio que sus criados habían dispuesto la mesa para el desayuno, y se sentó para comer. Primero tomó una de las rosas del jarrón que adornaba la mesa. Quería olerla. Pero al contacto con sus dedos la flor se volvió de oro macizo. “Qué contrariedad”, pensó Midas, “tal vez de ahora en más deba contentarme con admirar el aspecto de mis rosas, sin sentir su perfume”. Pero los problemas acababan de empezar: sintió hambre y quiso morder un pedazo de pan, pero antes de que lograra ponerlo en su boca ya estaba convertido en un durísimo trozo de oro. Le fue imposible masticarlo. Lo mismo le sucedió con la taza de café. Ya asustado, buscó consuelo en su mascota, un gato persa, pensando que tal vez su don no surtiera efecto sobre los seres vivos. Pero la decepción fue inmediata: el animal quedó congelado sobre su regazo. Era ahora una estatua dorada. Antes de poder darse cuenta de lo que pasaba, la hija de Midas, Zoe, entró corriendo en el comedor y se lanzó a abrazar a su padre. El monarca quiso gritar pero no tuvo tiempo de advertirle el peligro que eso significaba. Al entrar en contacto con él, la niña también quedó petrificada, convertida en oro al igual que casi todo alrededor de Midas.

Arrepentido por el deseo pedido, Midas exclamó: “¡Oh! ¡Qué desdichado es haber querido cambiar todas las cosas por oro! ¡Qué ciego he sido!”, y acudió desesperado a buscar a Dioniso, a quien le rogó de rodillas que le retirara su poder. Le imploró que le diera ropas andrajosas, y tan solo pan como alimento, pero que por favor lo liberara de ese don, que ahora no era más que una maldición. Algunos dicen que Dioniso aceptó de inmediato el requerimiento de Midas. Otros sugieren que a cambio de deshacer su deseo le exigió todo el oro de su reino, a lo que el monarca, desde luego, dijo que sí. Como sea, Dioniso le explicó cómo librarse de la que ahora era su maldición: debía bañarse en las aguas mágicas del río Pactolo. Al hacerlo, Midas perdió su don al instante, y su hija volvió a la vida.

Desde ese días Midas les prestó menos atención a sus tesoros, y aprendió a disfrutar de la vida sin riquezas. Dicen que dejó su reino y se retiró con su hija Zoe a vivir a una cabaña, cerca de sus adorados rosales. El mito dice también que hoy los restos auríferos que se pueden encontrar en el río Pactolo son producto del baño de Midas.

Puede que esta sea una de las fábulas míticas más conocidas de la época clásica. Ha perdurado largamente a través de los siglos y ha sido contada una y otra vez. ¿Qué niño no escuchó alguna vez la narración de este avaricioso rey y los infortunios sufridos a causa de sus ansias desmedidas de riqueza? A mí siempre me resultó muy interesante esta imagen del falso don que rápidamente se convierte en una especie de castigo. Sí, el oro es hermoso, pero si todo es de oro es imposible comer, beber, disfrutar de las rosas e incluso amar a los seres queridos. Y sólo ante esa tragedia Midas comprende que el valor real de sus riquezas es prácticamente nulo, y que la felicidad radica en otra parte.

Veamos si podemos profundizar un poco más algunos otros elementos secundarios que emergen de este mito tan pedagógico e ilustrativo. En primer lugar, me gustaría reflexionar sobre el apego. En este caso Midas siente apego por las posesiones materiales, pero el apego como sentimiento profundo puede presentar múltiples frentes: los vínculos, los afectos, las personas. Cuando hablamos de apego, nos estamos refiriendo a un estado emocional de vinculación compulsiva a una cosa o a una persona. Creemos que aquello deseado es nuestra fuente de felicidad. Ésta es la creencia más engañosa de la mente humana.

El apego a las cosas materiales va siempre de la mano del miedo a perderlas. Recordá que lo material se queda aquí, en este plano, y nadie se lleva nunca nada al otro lado. Perseguir objetos materiales de manera ambiciosa solo conduce a una vida frívola y sin sentido. Tener lo necesario está perfecto, pero ambicionar la acumulación cada vez mayor de bienes innecesarios nos permite ganar cosas pero a riesgo de perder el enfoque real de la vida. La cantidad de dinero que tengas en el banco no te define como persona. La abundancia está disponible para todos al adoptar una actitud de gratitud. Sé agradecido con todo lo que tenés de bueno en tu vida, en lugar de enfocarte en la carencia. Para recibir, primero tenés que haber dado, ya que ésta es una ley universal.

No hay nada externo que te pueda aportar felicidad permanente. En nuestro interior reside la felicidad real. Todo lo que deseamos externamente sólo está destinado a durar un tiempo limitado. Pero en nuestra ignorancia creemos que no somos completos. Nos sentimos carentes y buscamos erróneamente donde no debemos. Los apegos generan que vivamos con la constante sensación de amenaza y de tensión a perder lo que “tenemos”, y lo pongo entre comillas porque lo que verdaderamente tenemos es una idea de posesión. Un apego no es un hecho, es una creencia, una idea de la mente; es un estado mental que nace en la ignorancia de no saber quiénes somos, y esas creencias se pueden cambiar con la luz del conocimiento. Nos engañamos creyendo que sin nuestros apegos no podemos ser felices.

Ahora bien, en cuanto al gusto por el dinero, que es una forma perfectamente válida de modernizar un poco el mito de Midas en referencia al oro (a lo material), ¿es siempre algo condenable de manera radical? Desde luego que no. Solo exige, como decíamos antes, prudencia, y la capacidad para ponerlo todo en su justa medida. Se puede, sin apego, con discernimiento, valorar la abundancia. No hay nada malo con eso. El universo, después de todo, y basta con levantar la vista, es un lugar de abundancia, y no de carencia. ¿Por qué negar eso, por qué no abrirse a esa abundancia, por qué no vibrar en un estado de receptividad hacia eso? La inteligencia, como siempre, radica en saber jugar ese juego sin ser devorado por él. Una vida espiritual y verdadera no supone necesariamente el ascetismo material, ni el despojo. Y cuando hablo de la abundancia del universo que te está esperando no me refiero únicamente a lo material, desde luego. Hablo de amor, de salud, de compañerismo. Pero ciertamente no excluyo el dinero de esa lista. El dinero es apenas una energía de las decenas que hay. Y se trata de una energía que no es ni positiva ni negativa. Depende de lo que vos hagas con él. Si te libera, es algo positivo. Si te ata más que antes, entonces es negativo. ¿Cuántos millones de seres hay que viven encadenados por el dinero, por el afán de ganar más, de tener más? Y en ese proceso se pierden la verdadera esencia de las cosas.

Y esto nos lleva al último punto que me parece interesantísimo en este mito. Porque, ¿qué aprende Midas como consecuencia de su error? Que en las cosas más elementales y sencillas anida siempre un verdadero milagro. Algo que nosotros no deberíamos perder nunca de vista. Y no esperes nunca una situación límite para llegar a esa certeza. Hay gente que efectivamente necesita un límite notorio –la enfermedad, la inminencia de la muerte– para despertar a la verdad de que cada día en este planeta es un milagro maravilloso, más allá de las circunstancias, pero sabé que podés abrazar esa idea sin necesariamente atravesar un momento límite. Aceptalo y recordalo cada día. Hallá felicidad en las cosas más esenciales. Respirar es un milagro. Ver el sol cada mañana es un milagro. Rodearte de los que te aman es un milagro. Son cosas elementales y cotidianas que te pueden colmar la existencia. Estar vivo un día más en este planeta prodigioso es un milagro que merece alguna clase de celebración. Tus hijos son un milagro. Su risa es un milagro. ¿Qué otro don necesitás? Si ahí tenés un tesoro que vale más que todo el oro del planeta. Tu capacidad de amar es un milagro. El solo hecho de poder dar amor justifica la mera existencia. No hace falta riquezas. ¿Qué entendió Midas, cuando le fue concedido ese don que supuestamente encerraba su felicidad? Que la vida sin el perfume de sus rosas no tenía sentido, y que las riquezas no podrían compensar jamás la pérdida de lo cotidiano, de lo cercano. A medida que avanzamos en nuestro desenvolvimiento espiritual, a medida que crecemos en la expansión de nuestro ser, esa búsqueda de lo esencial puede transformarse en una pregunta clave: ¿Qué te hace único? Sí, a vos. No hay dos seres iguales sobre este mundo. ¿Cuál es tu don? Tu misión en esta vida es dar con ese don y ponerlo en práctica. No te limites a usar este regalo que es la vida para usar de ella meramente sus funciones biológicas. Cuánto ser gris que nace, crece, come, respira, se reproduce y muere. Hay más, tanto más que está ahí esperándote. Porque eso no es más que una existencia epidérmica, ligera, superficial. No es una vida verdadera y plena. El juego puede ser precioso, y complejo, y vos sos una pieza única en esa sinfonía. Tu nota individual aporta algo. Pero hace falta que descubras cuál es esa nota. Creeme, no hay dicha más grande que llegar al fondo de esa verdad. Cada cual hará su camino para hallar ese don, esa individualidad. Pero el viaje vale la pena. No hay recetas probadas. Ni quiera hay un cuándo. Algunos dichosos llegan a esa certeza de muy jóvenes. Otros lo hacen de más grandes. Algunos alcanzan esa revelación recién al final. Y muchos invierten no una sino varias vidas en esa búsqueda. ¿Y la respuesta a esa pregunta dónde anida? Fácil, tesoro. Fácil y difícil a la vez: en tu corazón. Es fácil porque está ahí nomás. Y es complicadísimo porque escuchar el dictado del propio corazón no se logra al primer intento. Y la mente está siempre en el medio, para tenderte trampas y engañarte. No, no sos eso que te dicen. No, tu don no es ese que la opinión de los demás indica. Hacé silencio y prestale atención a tu corazón. Nada más. Y nada menos.

La verdad está en tu corazón, sí. Y el amor que habita en él es tu verdadera identidad. Aquello que proviene de tu corazón sale puro, lo que decís va a ser claro, limpio y sin ego. Se va a ver en tu mirada la inocencia y la humildad de ser quien sos. Lo que importa es que seas verdadero con vos mismo y abierto al cambio. Abierto a dejar ir viejas creencias, soltar lo que no va, sin aferramientos. Nuestras máscaras sociales nos hacen sentir seguros y cómodos, pero la comodidad es una de las mayores causas de nuestro descontento. Si finalmente hacés lo que los demás quieren, te abandonás. Te vas a sentir resentido, culpable. Entonces si todo lo que elegís es desde un lugar de miedo, el resultado va a estar muy alejado de tu corazón.

Fuente: ¿Te gustaría ser un Rey Midas?

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