Comenzó como una prueba piloto en 1997. La escuela chárter North Star Academy de Newark, Nueva Jersey, fue el punto de partida de un proyecto ambicioso que pudo haber quedado en la nada, pero que prosperó: hacer escuelas de excelencia académica para la población más vulnerable. Contra los pronósticos, los primeros resultados fueron contundentes. Tanto que ocho años después, en 2005, el educador Norman Atkins reunió a su equipo y les dijo: “Veamos si podemos hacer esto a escala”.

En las miradas, además de cierto escepticismo, encontró entusiasmo. “Por supuesto, no teníamos idea de lo que eso significaba cuando comenzamos, pero aprendimos mucho en cada paso del camino”, le dijo a Infobae Doug Lemov, director de Uncommon Schools, también llamada “Escuelas ricas para alumnos pobres”, la iniciativa que hoy cuenta con presencia en parte de Estados Unidos: en total, seis colegios de Nueva York, Massachusetts y Nueva Jersey.

Cualquier estudiante que viva en los alrededores de esas ciudades puede postularse y formar parte del proceso de selección. Sin embargo, el objetivo es claro: “Servir a los niños más pobres, aquellos que asisten a escuelas que no los están preparando para participar en la economía del conocimiento. Ese perfil describe a la gran mayoría de nuestros estudiantes”, puntualizó Lemov.

-¿Cómo es un día en las Uncommon Schools?

-Nuestros días son un poco más largos, pero creo que la mayor diferencia es que utilizamos el tiempo de manera muy eficiente. Intentamos asegurarnos de que cada minuto sea útil. Tenemos muchas rutinas que aseguran movernos de un lugar a otro de manera eficiente y comenzar la clase exactamente a tiempo.

-¿En otras escuelas no se utiliza bien el tiempo?

-Si se supone que una clase debe comenzar a las 9:30, por ejemplo, un maestro en otras escuelas podría comenzar a enseñar a las 9:33 o a las 9:35. Nosotros esperamos que los estudiantes trabajen productivamente a partir de las 9:30 en punto. Si pierde 3 minutos por día durante los 190 días escolares del año, al final perdió nueve horas y media de instrucción en el transcurso. Pero en realidad pierde más que eso porque se les comunica una cultura de “no hay prisa acá; en realidad no importa si empezamos a tiempo”. Se les dice que no trabajen demasiado y que no importa desperdiciar tiempo.

-¿Ustedes lo exigen más al estudiante?

-En nuestras escuelas, se espera que cada estudiante participe en la clase, pero que lo haga enérgicamente. No está bien decir: “No quiero hacer esto” y esconderse en un rincón de la clase para, en realidad, no aprender. Entonces, por ejemplo, espero ver a uno de nuestros maestros asignar una gran cantidad de ejercicios de escritura y observar a todos los estudiantes haciendo esos ejercicios de escritura con consistencia.

Las evaluaciones avalan con creces el modelo. Los graduados de las Uncommon Schools están más cerca de terminar una carrera universitaria de cuatro años que incluso los estudiantes pertenecientes a los hogares más ricos de Estados Unidos: 82% contra 58%. Según Stanford, los alumnos logran mejores resultados académicos que en cualquier otra red de escuelas chárter del país y, en casi todas las ciudades donde tienen presencia, se observan rendimientos superiores en los exámenes de matemática y lengua. Superan a los colegios más exclusivos y se muestran con mayores expectativas de cara a la universidad.

Además del director del proyecto, Lemov es un estudioso de la función docente. Está convencido de que pequeños cambios de hábitos, ajustes casi indetectables dentro del aula, pueden modificar el rendimiento de una clase. En su criterio, los buenos maestros pueden ser buenos, muy buenos, excelentes, pero -más difícil- “campeones”. De ahí, el título de su libro Teach like a champion (“Enseñar como un campeón”), que recopila 62 técnicas de enseñanza con que los docentes exprimen el talento de sus estudiantes. En las Uncommon Schools, todas ellas se encuentran a diario.

“Nuestros maestros se sienten orgullosos de su trabajo y colaboran para tratar de mejorar constantemente”, remarcó Lemov. Después de investigar las técnicas más eficaces que empleaban en las escuelas más pobres de Estados Unidos, las clasificó en distintas categorías: uso efectivo del tiempo en el aula, generación de un clima de respeto y escucha entre docentes y alumnos, gestión de las preguntas y respuestas en clase, desarrollo de hábitos de metacognición y varias más.

Cuando se le pregunta, Lemov asegura que el docente, al menos, debe hacer cuatro cosas:

  • Construir un aula donde sean conscientes, que se respondan a sí mismos si los estudiantes tienen éxito en aprender lo que enseñan. “Esto se llama ‘comprobación de la comprensión’ y es uno de los mayores desafíos de la enseñanza, se trata de conocer la diferencia entre ‘yo lo enseñé’ y ‘lo aprendieron’”, explicó.
  • Tener un aula que desarrolle una mentalidad académica e intelectual donde los estudiantes se esfuercen por aprender y valorar el aprendizaje.

  • Asegurarse de que los estudiantes piensen en el aula, que sean motivados y desafiados constantemente y que nunca sean pasivos.
  • Cada aula y cada escuela es una cultura que determina los comportamientos y las percepciones sobre el aprendizaje. El maestro debe construir esa cultura cuidadosamente para que sea positiva y traslade las más altas expectativas a los estudiantes.

Más allá de las generalizaciones, cada docente es un mundo particular. Para llegar a esos objetivos, dice Lemov, pueden optar por vías diferentes. “Lo esencial es que cada maestro encuentre su propio camino hacia estas metas. Las técnicas son solo herramientas para lograrlo”, reflexionó.

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Fuente: "Escuelas ricas para alumnos pobres": cómo logran mejores resultados que las más exclusivas