Distinción y prohibiciones en Naoshima, la isla japonesa del arte contemporáneo

en Politica el 14/01/2018

Nuestra época nos hace practicar un precepto: vivir bajo un permanente estado de sospecha. Ante la recomendación, dudé. ¿Qué proponía ese lugar tomado por el arte? Si negar es una forma de conceder, ¿no sería un fiasco frívolo y, precisamente, snob? ¿Pero acaso todo el arte contemporáneo no podría ser acusado de eso por los flujos de dinero que mueve y el prestigio –a veces caprichoso- del cual está envuelto? ¿Vale la pena entonces, cuestionar ese hecho, un cliché, en relación a la isla de Naoshima? En uno de los pocos videos sobre la isla de la web, un youtuber especializado en viajes la llama “la isla más hipster del mundo”.

Pero si todo es cuestión de perspectiva, ya los datos breves de mi consejera podrían resultar, desde un punto de vista, desalentadores. O, al contrario, esas dificultades podrían sumar valor a la experiencia –y la sensación de lo exclusivo-, quizá un objetivo consciente del proyecto artístico.

Porque para llegar desde Tokio, habría que viajar en ómnibus 10 horas, o tres horas y media en tren rápido o en avión. Luego, un colectivo de una hora hasta el puerto, o un taxi, bastante más caro, de otra media hora. Desde allí, la tercera media hora más en ferry hasta el muelle: a pocos metros, la calabaza veteada, instalación de la artista japonesa Yayoi Kusama, ícono de todo Naoshima. La obra de Kusama –que vivió en Estados Unidos en los 60 y luego se mudó, por propia voluntad, a una clínica psiquiátrica en Japón, donde sigue produciendo- fue hit en las ciudades más importantes, desde la Tate Gallery en Londres a Buenos Aires. En el MALBA porteño recibió la cifra récord de 200 mil visitantes. Y es probable que sus dos obras en Naohisma no hayan alcanzado esa cantidad a lo largo de los años: ni en Pumpkin, la calabaza amarilla, maciza, en un pequeño muelle de cemento, al sur de la isla, ni en Red pumpkin, la roja que se ve desde los ferrys al llegar, con agujeros y pintas negras, hueca, y a la que se puede “entrar”. Los puntos de colores se reproducen en distintos objetos: barcos, colectivos, y en algunas vidrieras. Y se venden en forma de carteras, monederos, postales y llaveros.

A la derecha del primer zapallo, también pegada al mar, el “Naoshima pavillion”, del arquitecto Sou Fujimoto, una figura irregular ahuecada, de unos siete metros de altura, armada con tejidos de metal blanco. Al entrar se ve el mar, el puerto, el zapallo rojo y las sobrias fachadas de las casas, orientales, clásicas; la costa sin playa. Estas son algunas de las 20 obras al aire libre: una de las tantas que conspiran para que Naoshima tenga un sello visual identitario tan fuerte. Algunas pertenecen a Benesse, otras, como las citadas, al municipio. En la isla se alzan 4 museos y 7 “Art houses”, residencias hoy intervenidas.

Naoshima Pavilion

Las grandes ciudades, la desolación

A diferencia de lugares donde la propia comunidad genera arte y esta se expande, aquí el procedimiento fue al revés –algo visible en otra escala en ciertas capitales de Latinoamérica, donde los barrios son reformados para contener galerías de arte e instalaciones callejeras; y los artistas son invitados a realizar su obra allí. Parte de la comunidad se apropió del proyecto que implantó, en 1992, Soichiro Fukutake, el empresario japonés definido por Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo.

El Benesse Art Site Naoshima depende de Benesse Holdings, negocio dedicado a la elaboración de exámenes, test y entrenamientos educativos para niños y adolescentes, por un lado, y también de la Fukutake Foundation. Analizar su ideología merecería otra nota. Aquí, por lo menos, podemos consignar que en el “manifiesto” donde fundamenta el proyecto usa un tono nostálgico, hasta conservador y dice algo aplicable, claro que sí, a casi todas las urbes del planeta: “Las grandes ciudades como Tokio se sentían en cierto modo como lugares monstruosos donde las personas se ven privadas de la naturaleza y buscan febrilmente solo sus propios deseos”. La intención del magnate era “revitalizar la isla” bajo los preceptos opuestos: vincular a los visitantes con lo natural y el arte. En los años 50 Naoshima tenía 7,500 habitantes; hoy son solo 3150. Si bien desde hace mucho la mayor empleadora sigue siendo la procesadora de metales Mitsubichi –así también lo atestiguan habitantes con quienes pudimos hablar-, algunos lugareños sumaron a su actividad económica la apertura de restaurantes –escasísimos en temporada baja-, cabañas y hosterías.

En los mapas ofrecidos en distintos locales de la isla se advierte: las actividades y los museos pueden permanecer cerrados durante un tifón.

El arte y la vida

Sonidos de gaviotas, gorriones, el engranaje en movimiento de una bicicleta; viento. Cada tanto alguna leve conversación, en temporada baja, sobre todo en japonés. O, si se camina entre el pequeño puerto Honmura, y el principal, el de Miyanoura, llega, leve, una melodía desde los parlantes de la escuela, un edificio blanco sobre una ladera que reúne preescolar, primaria y secundaria.

Benesse Art Site de Naoshima

Esta zona de la isla puede recorrerse a pie, en subidas y bajadas; laderas y planicies imponen cada tanto un paisaje monumental, el mar transparente de fondo como en remanidas postales caribeñas, y a veces también, más allá, hacia la derecha, una chimenea naranja escupe denso humo gris. Y cerca, al costado del camino, la visión más próxima de, por ejemplo decenas de pequeños budas hechos por el artista Tsuyoshi Ozawa en “Slag Buddha 88”, conglomerados en medio de follaje verde, realizados con los deshechos de un basurero industrial de Teshima, una isla vecina.

Tiempo atrás, el lugar fue centro de peregrinación budista: la tensión entre lo preexistente y lo nuevo recorre cada rincón. En las caminatas afloran sorpresas, detalles imprevistos como el jardín acuático con más de 200 especies, inspirado en los que Monet ha pintado en su serie de los nenúfares; una vuelta conceptual al realismo tradicional, en su veta impresionista. En medio de la naturaleza, emerge el arte como una existencia de tercer tipo, fuerza vital de categoría indefinida entre lo onírico y lo material que recuerda al proyecto surrealista.

Comenzar el recorrido por Lee Ufan Museum es elegir un in crescendo. En un valle –frente a la montaña, el mar- combina una selección de la obra del artista coreano que le da nombre al museo y del arquitecto Tadao Ando, responsable del diseño de este lugar –hecho en función de las obras que contiene, y no al revés- y de otros siete en la isla. Ya el perfil de ambos –exposiciones en el Guggengheim de Nueva York en el caso del coreano, y los premios de la orden del arte y las letras de París, y el título de profesor emérito de la Universidad de Tokio en el caso del japonés- expresan la tónica del tipo de creadores que habitan el lugar: consolidados. El catálogo del Lee Ufan se vuelve redundante: dice que el espacio invita a una “contemplación serena”. ¿Sería posible que fuera de otra manera, en ese espacio enorme, con varias obras hechas en piedra, y en silencio total?

Museo Chichu

En el museo Chichu las obras también son pocas y dispuestas en espacios aún más amplios, diseñados otra vez, al igual que el museo Benesse, por Tadao Ando. La arquitectura se sostiene sobre la paradoja de que sea un lugar subterráneo, mientras las -por momentos- altas paredes de hormigón no impiden la llegada de la luz.

Obra de James Turrell

La obra de James Turrel se nutre de ella. Y se transforma con el paso del día y el cambio del clima, con los focos de luz natural: el cielo se observa recortado en un cuadrado, en Open Sky. Y pantallas permeables donde el espectador puede ingresar, como Alicia al espejo.

“Time/Timeless/No Time”, obra de Walter de Maria

La confección gigantesca de la obra Time/Timeless/No time de Walter de María recuerda un templo; la solemne escala, lo imponente de lo sacro sin signos religiosos explícitos pero sí fortísimas referencias formales. Sobre las paredes del espacio rectangular, 27 tablas de madera con hojas doradas; en el centro, a mitad de una escalera de concreto, una esfera de dos metros de diámetro en granito, refleja el entorno; de arriba, llueve luz natural que vuelve mutante la obra y a los visitantes.

Acá también tomo notas. Hasta que una empleada del museo se acerca y me dice “no está permitido usar lapiceras”. Sorprendida, pregunto:

—¿Por el ruido?

—No, porque si se cae podría manchar la obra—dice y me ofrece un lápiz negro.

Una de las cinco pinturas de Monet que pueden verse en el Museo Chichu

Contra la masividad

Ni en el Museo de Orsay, o el Museo de la Orangerie donde se concentra gran parte de la obra de Claude Monet, es posible ver sus cuadros sin un celular en el medio, un hombro rozando el propio, una pequeña muchedumbre rodeando el lienzo. Solo en Chichu las cinco pinturas de Monet se aprecian en soledad; hay pocos visitantes y también directivas para que vayan rotando. Cuando me acerco a esa sala, una vigiladora de pasos largos, rápidos pero silenciosos como afelpadas patas de felino, se acerca. Y en susurros dice:

—Disculpe, ¿Está comiendo?

—Eh…—Pienso un segundo, me doy cuenta, escuché bien…—Eh…no…estoy masticando un chicle…pero no hago ruido, mastico con la boca cerrada…

—Lo siento, igual no está permitido.

La isla se alza como contramodelo del turismo masivo. Y de allí surge otro tipo de limitación; un marco. En Naoshima el disfrute contemplativo y experiencial del arte se da bajo el imperio del orden y de la restricción. Señales de hacer silencio, no comer, no tocar. Si se infringe un límite es porque determinadas obras de arte invitan a hacerlo, es decir, es una infracción prevista, habilitada, y por eso débil como tal; y es algo que, sin embargo, no deja de configurar una vivencia poderosa.

Es cierto que las reglas existen, en diverso grado, en casi todas las instituciones culturales. Aunque, volviendo al inicio, el de las paradojas, la prohibición de sacar fotos en esta isla de arte contemporáneo resulta la más controvertida. Porque además limita el imperativo de época del “compartir” lo que se vive en la web. Los cuidadores voluntarios de las casas intervenidas, ante la pregunta, solo se limitaban a responder de manera tautológica: sí, no se puede fotografiar el interior. Y ante la pregunta por el porqué, responden:

—Porque después la gente las sube a internet.

—¿Y qué hay de malo en eso?

En ese punto, el diálogo queda trunco.

Desde el departamento de prensa de la Fundación Fukutake, Thomas Bruhin dice que las fotos están permitidas en lugares limitados, y para uso personal. El motivo, por un lado, es “garantizar la mejor calidad de visualización posible para todos los visitantes”. En ciertos casos, cuenta, son los artistas quienes solicitan específicamente que los visitantes experimenten los trabajos en persona y que no se les permita grabarlos.

¿No parece, acaso, un homenaje a “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” de Walter Benjamin?

¿Es un gesto contemporáneo o arcaico?

Lo que se concibe como resistencia, a veces exhala un aire melancólico como hoy creemos nostálgico el tono benjaminiano, tan angustiado por la pérdida del aura como, quizá, el millonario fundador de la isla, tantos años después. Y en contextos, y con fortunas tan, pero tan distintas.

El visitante se irá de la isla artística con la sensación de haber vivido algo intenso, especial. Pero la experiencia tal vez no sea transformadora en términos políticos. ¿Debería serlo? Quizá suceda lo que les sucede a algunos, por motivos diferentes, al ir Disney World. Que, quien lo dudaría, es también, aunque de otra corriente, una contracara, la masiva, un centro de arte contemporáneo; lejos de la naturaleza, la representación más ambiciosa de la industria cultural.

PD: Esta nota no cuenta, curiosamente, con las fotos del art site Naoshima que el vocero de Fundación Fukutake, Thomas Bruhin, se había comprometido a enviar bajo la condición de que le mostráramos el texto antes de su publicación. La exigencia resultó extraña, fuera de los parámetros profesionales usuales, pero alegaron que el objetivo sería realizar un “chequeo de datos”, por lo cual accedimos a hacerlo. Para nuestra sorpresa, luego de enviar el texto, respondieron que no enviarían ninguna foto porque no se “sentían cómodos” con la publicación. Argumentaron: “generalmente somos bastante restrictivos cuando se trata de publicaciones en la web, y porque su texto toma en su mayor parte un tono muy personal, contiene una serie de digresiones, y se focaliza en describir el “art site” desde un punto de vista muy específico”. Además, el señor Bruhin se rehusa porque, dice, no se han mencionado todas las obras y los espacios arquitectónicos ni todas las actividades que se llevan a cabo en la isla. Más allá de que eso sería imposible en una nota por cuestiones de espacio, estas condiciones restrictivas de la libertad de expresión no fueron comunicadas de antemano. 

 

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Fuente: Distinción y prohibiciones en Naoshima, la isla japonesa del arte contemporáneo

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