Se cumplieron ayer cinco años desde que el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio fuera ungido Papa. Todos recordamos la emoción con que, luego de la “fumata bianca”, escuchamos el nombre en latín, que nos dejó un instante de duda, y luego el apellido del que sería el primer Papa latinoamericano. ¡Argentino, además! No salíamos de nuestro asombro.

Pero no fue una elección tan sorprendente para los más informados. Bergoglio ya había figurado entre los cardenales con posibilidades de ascender al trono de Pedro cuando Benedicto XVI fue elegido. Era un hombre de enorme predicamento en América Latina, que tiene hoy en el catolicismo mundial un peso considerable.

Para quienes hacía muchos años que lo tratábamos, que conocíamos su densidad espiritual e intelectual, su vocación de servicio, su humildad, fue una ocasión de especial júbilo. Y nos fue reconfortando cada día más comprobar que ese porteño de Flores, cultor de Jorge Luis Borges y del tango, era ahora apreciado por millones de personas en todo el mundo, muchas de ellas no pertenecientes al catolicismo, ni siquiera al cristianismo. Muchas, inclusive, agnósticas, que sin embargo encontraban en su palabra y en sus gestos el faro moral que tanto necesitaban.

Solo algunos sectores minoritarios de la Argentina pretenden negar esa trascendencia histórica. Nadie es profeta en su tierra, nos tienta pensar, pero sería en este caso una idea falsa, porque la gran mayoría del pueblo argentino admira a Francisco tanto como los demás pueblos.

¿Cuál sería el rasgo fundamental de este papado? A diferencia de lo que sostienen grupos ultraconservadores, Francisco no ha modificado ni quiere modificar los pilares doctrinarios. Muy por el contrario, se apoya en ellos como verdades permanentes y no negociables, pero al mismo tiempo, precisamente para que esos pilares se mantengan y consoliden, los entiende situados en el aquí y ahora, en este siglo XXI que es muy distinto de los siglos anteriores.

Francisco sostiene las verdades imperecederas de la Iglesia, pero tiende una mano de humanidad para todos y muy especialmente para los que más sufren: los pobres, los enfermos, los que deben migrar contra su voluntad. “Suaviter in modo fortiter in re” decían los romanos. ‘Suave en el modo, fuerte en las cosas’, firme en los principios. Esa tal vez sea la clave del modo franciscano. No olvidemos además que la elección del nombre remite a quien entregó toda su vida por la causa de los pobres. También, por un reencuentro con la naturaleza, como queda evidenciado en la magnífica encíclica Laudato si’, que marca una avanzada en el tema ambiental desde un enfoque novedoso: el cuidado de la casa común.

Tampoco se aparta Francisco de la doctrina social de la Iglesia en temas económicos. Reafirma los principios que podemos encontrar en todas las encíclicas desde De rerum novarum, de fin del siglo XIX. Solo que, como en todo, adapta el criterio general a la situación particular de la actualidad. Quiere que los beneficios de la actividad económica libre les lleguen a todos, que no haya excluidos.

Es también el Papa de la paz. Sabe que la paz no es algo que esté ahí, como un objeto de la naturaleza, sino que hay que trabajar arduamente para conseguirla. El medio es otra vez el diálogo, porque en el diálogo se manifiesta la “projimidad”. El otro no es un enemigo, no es una acechanza, es alguien con otras ideas o intereses que debe ser escuchado. El otro me enriquece y me constituye.

Celebremos con alegría este quinto año de un papado histórico y dejemos por un lado los provincianismos que nos hacen ver cualquier acontecimiento en clave de política partidaria argentina.

El autor es diputado nacional CABA (Cambiemos-PRO).

Fuente: Cinco años de un papado histórico